Un día más en Apollonos Superioris
Mediodía en el valle del Nilo.
Reclinado bajo la sombra de un tamarisco, Userhat contemplaba indolentemente cómo las cabras de su padre se afanaban en deshojar una acacia. Una cuerda que él había atado a las ramas más altas doblaba el árbol, poniendo así al alcance de los animales todo el follaje.
El joven egipcio dejó vagar su mirada por el paisaje. El río sagrado discurría tranquilo, y hacia el noroeste se extendían los fértiles campos de trigo y cebada de Apollonos Superioris. Se hallaban en el segundo mes de shemu, la estación de la recogida, y las ondeantes extensiones de cereal se veían salpicadas de docenas de campesinos y esclavos. Más allá de los campos y los rebaños de vacas, la ciudad. Incluso podía apreciar el perfil del sagrado Templo de Horus Behedet, a casi tres estadios de la orilla del río.
Era un día tranquilo.
Sacando de su morral un odre de agua, dos cebollas y un pedazo de pan, el egipcio dejó escapar un suspiro satisfecho. Las cabras no terminarían con su comida hasta dentro de un buen rato; ya era hora de que él comenzara la suya.
Una vez los animales acabaron con la acacia, tomó el hacha y se puso de pie. A sus diecisiete años, su metro ochenta de altura y la recia musculatura que se le destacaba bajo la piel, bien desarrollada por las tareas del campo, le hacían parecer un coloso entre sus semejantes. Tras tomar un trago de agua del odre, comenzó desramar el tronco a precisos y secos hachazos y luego procedió a cortar el tronco y quitarle la corteza sin más complicaciones.
Anochecía ya cuando terminó la jornada, tras haber talado otras dos acacias más. Dentro del gran valor que tenía la madera en Egipto, ésta era relativamente corriente, y sería destinada a muebles domésticos sin duda. Entraba en sus obligaciones el conocer los pormenores del oficio de carpintero, en el que su padre le llevaba iniciando desde que tuviera cinco años. Tras repartir la carga entre el rebaño de cabras, se echó su parte al hombro y emprendió el regreso a la ciudad mientras la brisa nocturna le secaba el sudor y agitaba su shenti.
Comenzaban a refulgir las primeras estrellas en las alturas cuando, tras haber dejado las cabras en el corral, terminó de colocar la madera en el taller. Dejó así las tablas bien repartidas en pilas separadas del suelo y distanciadas entre sí, de manera que comenzaran a secarse. Luego entró en la casa familiar.
Sencilla, pero más espaciosa que la mayoría de las circundantes, el encalado bien cuidado y el dintel de piedra caliza que su padre había mandado construir daban fe de la prosperidad del negocio.
Sonidos ahogados procedentes de la habitación de sus padres en el piso de arriba le persuadieron de anunciar su llegada, y tomando unas tiras de carne seca de la cocina subió a la terraza. Sobre los lechos de papiro trenzado dormían ya sus dos hermanas, como era lo usual en la estación del calor. En las terrazas adyacentes se apreciaban también las figuras tumbadas de muchos de sus compatriotas.
Los mil y un sonidos de la ciudad por la noche resonaban en el aire, ligeramente atenuados por el hecho de que ahora la mayoría de los egipcios preferían descansar a las juergas nocturnas: las jornadas en los campos eran ahora muy duras. Terminada su cena, se echó a su vez, y el sueño llegó veloz cabalgando la cálida brisa nocturna bajo un cielo cuajado de estrellas.
(…)
Fue despertado por la caricia de los primeros rayos de sol. Amodorrado, se dio la vuelta perezosamente para disfrutar de un poco más de sueño, cuando una voz infantil y bulliciosa le chilló al oído.
- ¡Despierta, dormilón, despierta!
Un coro de protestas masculladas se elevó desde los lechos donde la familia descansaba aún. Las manitas de su hermana pequeña de seis años le zarandearon, tirando insistentes de su pelo. Emitiendo una mezcla de gruñido y quejido, la intentó alejar débilmente.
- ¡Me prometiste que hoy me llevarías a nadar, me lo prometiste! -chilló la niña- ¡Vamos, despierta, venga! ¡Vamos ahora, antes de que se despierten los demás!
- Nada de eso, Uabet. –Replicó la adormilada voz de su padre, que ahogó un bostezo y agregó- Esta mañana le toca ocuparse del taller.
Las protestas vehementes de su hermana terminaron de despertar al resto de la familia, y todos comenzaron a levantarse. Pasando al lado de Userhat, fueron descendiendo hacia la cocina en la planta baja. Mientras Uabet era llevada abajo por su madre, la voz de su hermana mayor llegó a sus oídos.
- De verdad, no sé que ve en ti Merikara. Será que aún no te ha visto roncando como ahora. Si así fuera, seguramente se iría corriendo detrás de Gau.
Un coscorrón le hizo abrir los ojos, y la silueta esbelta de su hermana fue delicadamente delineada por los rayos del sol naciente. El joven egipcio sonrió, y contestó con una expresión a medio camino entre adormilada y maliciosa.
- Lo que ve es lo que está escondido a simple vista, hermana. –Replicó con un guiño pícaro, citando el viejo proverbio de Ptah-Hotep con doble sentido- y Gau es idiota. Sin embargo, lo que tus admiradores ven en ti se aprecia claramente a la luz de Ra. Anda, ven aquí a darme un beso.
Akhesa sonrió complacida ante el cumplido. Recién cumplidos los catorce años, la belleza de su hermana era realmente notable. Entraba ya en la época de contraer matrimonio, y el hombre que la desposara sería afortunado por partida triple: educada con mayor cuidado del usual entre familias de su clase, llevaba las cuentas de la casa con facilidad junto a Selena, su madre, y hablaba latín y griego con bastante soltura, al igual que el propio Userhat.
Su padre se había esmerado en ello, ya que muchos de sus clientes eran romanos y griegos. Helenos atraídos por la riqueza de Apollonos Superioris, legionarios retirados poseedores de tierras que comenzaban a labrarse su camino hacia la nobleza, e incluso efectivos de una de las divisiones de la Secunda Legio Trajana, estacionada en la ciudad, acudían con frecuencia a Didia; su afamada reputación de artesano de la madera se había extendido por la zona. Más de una vez había recibido su padre ofertas por su hermana, y a Userhat le constaba que su padre las sopesaba. De hecho, era extraño que aún estuviera sin compromiso, según los cánones romanos en boga. No obstante, las antiguas raíces culturales del pueblo egipcio otorgaban a los hijos la potestad de decidir cuándo y quienes iban a ser sus parejas, por lo que de momento Akhesa seguía libre de seguir recaudando admiradores. Las maneras romanas se iban imponiendo ya, sin embargo, y a buen seguro no pasaría mucho tiempo antes de que el talle ligero y los preciosos ojos verdes de su hermana encontraran varón que los disfrutase.
Bajando de la terraza tras su hermana, Userhat contempló somnoliento las acostumbradas muestras de devoción de sus padres a la antigua religión. Didia y Selena se inclinaron ante los dos bustos de calcáreo que estaban instalados en una hornacina que había en el muro: eran evocaciones de Ptah, dios protector de los artesanos, y Hathor, diosa del amor, y llevaban collares colgados en el pecho. A su derecha, el altar en el que Selena y Uabet depositaban una ofrenda de flores cada mañana. Con una oración susurrada, el padre encendió el pequeño brasero de incienso que había bajo ellos para atraer su benevolencia y se pusieron en pie.
Formaban una pareja fuera de lo común: los ojos de su madre eran del color del cielo veraniego a mediodía, y su pelo del color de la acacia pulida refulgía con tonos dorados. Legado de su mezcla de sangre fenicia y tehenu, formaban un poderoso contraste comparados con los ojos y pelo del color de la caoba y la nariz aguileña de su padre. Didia era un hombre corpulento en su madurez, con los mismos hombros fornidos que Userhat había heredado. Su madre pasó por delante de él tras darle un beso en el brazo, y el joven coloso sonrió, aún medio adormilado: ella apenas le llegaba por encima del codo. Muchas veces habían bromeado acerca de que algo tan enorme como él mismo hubiera salido de un cuerpo tan esbelto y delicado como el de su madre. Didia esbozó una sonrisa a su vez, y le palmeó el hombro a su muchacho.
- Hoy te encargarás de preparar la madera de tamarindo que recibimos en el tercer mes de ajet, mientras yo voy a dar parte de la tala de las tres acacias a la administración. –Le comentó mientras se dirigían a la cocina.
- ¡Pero me había prometido que me llevaría a nadar! –pataleó de nuevo la pequeña, haciendo un puchero.
- Basta ya, Uabet. Tú acompañarás a tu madre al mercado, mientras Akhesa hace la limpieza.
- Lo siento, hermanita. Mañana será. –prometió de nuevo, mientras le revolvía el pelo a su hermana pequeña. Sus protestas habían acabado, consciente como era de que su padre no toleraría más berrinches. De naturaleza bondadosa, el experimentado artesano ostentaba una reposada pero firme autoridad, fruto de mil y una negociaciones, que no dudaba en imponer a sus hijos.
Llegados a la cocina, Selena sacó pan tostado, leche y dátiles para el desayuno. Terminando rápidamente con la comida, Userhat y su padre salieron de casa, dejando las tareas domésticas a las mujeres, y entraron en el taller.
- El precio de la madera se mantiene constante, y los encargos han crecido con la llegada de la última remesa de legionarios de la Secunda Trajana de Alejandría. –En este punto, el padre lanzó una dura mirada a su hijo- Espero que no vuelvas a meterte en ninguna clase de líos. Los romanos, y más los recién llegados, son arrogantes y peligrosos. Muy especialmente los legionarios. ¿En qué estabas pensando, por Horus?
- Padre, ya te… –le respuesta fue interrumpida por un gesto brusco de Didia.
- No quiero volver a enterarme de ninguna pelea más. Podrían haberte matado. No somos romanos como ellos, no importa cuánto lo repitan: somos nativos, hijo mío. Siempre nos mirarán con superioridad. Centrémonos más bien en lo que tienes que hacer.
Tras impartir las instrucciones, Didia salió del taller. Ahogando un suspiro, Userhat se colocó el mandil de cuero y se sentó en un banco, tomando la sierra. No sólo había cometido una imprudencia. Era mala propaganda para los negocios que se metiera en peleas con posibles clientes, y aunque sabía que su padre no le había reprendido teniendo en cuenta las ganancias, no era menos cierto por ello. Realizando mecánicamente los gestos que había repetido en mil ocasiones, dejó su mente volar, y recordó…
-Dos meses antes-
La competición estaba reñida. Diestros en el deporte de la natación desde pequeños, ninguno de los diez jóvenes que batían el agua con rápidas brazadas conseguían destacarse significativamente de los demás. Anochecía.
Respirando esforzadamente, volcado en la sensación de sus brazos y piernas removiendo con fuerza el agua, Userhat nadaba todo lo rápido que podía.
Merikara estaba allí.
Los brazos le ardían, y todo su cuerpo en tensión pedía un descanso. La apuesta era cruzar el Nilo bordeando un islote sedimentario que se encontraba en el medio del río. Era arriesgado, ya que a los peligros del río se unía la oscuridad. La recompensa, hinchar el ego y lucirse ante las muchachas.
Merikara estaba allí.
Repetía la frase para sus adentros incesantemente. Por una sonrisa de Merikara, esto merecería la pena.
Completamente volcado en seguir dando todo lo que podía, Userhat no sabía quien iba ganando. Estaban rodeando ya el islote, y el joven egipcio rogó que Sobek, el dios cocodrilo, les contemplara con favor y no enviara a sus escamosos hijos a que se dieran un festín. La cercanía de la ciudad lo hacía más improbable, pero el peligro estaba lejos de ser imaginario. Algo le rozó la pierna. No sabía qué había sido, pero su imaginación estaba plagada ya con imágenes de fauces erizadas de dientes cónicos, y una explosión de adrenalina le bombeó en las venas.
Aceleró el ritmo al máximo, y cuando alzó la cabeza para tomar otra bocanada de aire alcanzó a vislumbrar ya la silueta borrosa de la hoguera que habían encendido en la orilla.
Merikara estaba allí.
El chapoteo le impedía escuchar los gritos y las risas de los que esperaban en tierra, y un creciente entumecimiento hacía presa de sus músculos. Recurriendo a todas sus energías, cubrió los últimos metros.
Finalmente, su mano arañó el barro de la orilla, y se alzó del agua, agotado. Gritos, chanzas y risas flotaban en el anochecer, mientras la luz de las llamas de la hoguera danzaba sobre pieles bronceadas y relucía en las melenas de las muchachas. En total unos veinte jóvenes se encontraban en torno a la hoguera. Alguien le palmeó en el hombro. La silueta se concretó en Ipuy, el hijo del vaquero.- ¡Bak- Her! ¡No ha estado nada mal, León! ¡Bak-Her! ¡Pero nada, nada mal! -le dijo, con una sonrisa en los labios. Userhat sonrió con aire cansado, recuperando el aliento.
- ¡Eso! ¡Nada d…de mal! –Agregó otra voz masculina, con el deje vacilante del alcohol en la dicción. La voz pertenecía a un muchacho flaco y desgarbado, que se tambaleaba en la orilla. Userhat no le conocía.
- Es mi primo, Herisef. –Presentó Ipuy, con un tono de exasperación en la voz- Acaba de llegar de Menfis.
Ambos se estrecharon la mano, y Userhat comenzó a mirar a su alrededor. En ese momento sólo le interesaba una persona, y no era el ebrio.
- ¿Quién dices que ganó, entonces?
- Su-supongo que los d… dos. No s… se os veía dema-sido bben. –Balbució el otro, mientras Ipuy le sujetaba con cara de resignación.
- Esta cuba tiene razón, a pesar de que él viera menos todavía. Gau y tú os habéis mantenido codo con codo hasta el final.
Userhat miró a su alrededor. Gau, apodado “El Preciso”, era uno de los egipcios enrolados en el destacamento de la Legio Secunda Trajana que se emplazaba en la ciudad. Segundo hijo del orfebre, se vanagloriaba de poder acertar con una flecha a un gorrión a doscientos pasos de distancia. Mientras se ponía de nuevo el shenti, rodeado de gente, contempló a Userhat con una sonrisa de superioridad en la cara y después se alejó en dirección a la hoguera. Los demás nadadores salían también ya del agua…
Saliendo de sus pensamientos, Userhat hizo una pausa para dejar la sierra. Con una piedra pulida, comenzó a alisar la superficie de las tablas que había conseguido, y de nuevo enfocó sus pensamientos en aquella noche.
No veía a Merikara entre los demás.
Quizás se hubiera cansado de la fiesta y se hubiera ido a casa. El joven coloso masculló entre dientes una maldición, y comenzó a atarse a su vez el shenti a la cintura. Se estaba atando las sandalias de cuero cuando una voz fría le hizo volverse, sorprendido.- Vaya, así que al final eres como cualquier otro. Y tienes el valor de venir a chulearte delante de todas, incluso sabiendo que yo estaría.
Desconcertado, el joven egipcio no alcanzó más que a parpadear como un menguado. Delante de él, Merikara exhibía un rostro pétreo y distante.
- ¿A cuál de todas te habías propuesto llevarte hoy a la cama? ¿O a cuales?
- ¿C-cómo? –Preguntó absolutamente perdido. Tenía la marcada sensación de que las cosas no iban bien, a pesar de que cuando la había besado, hacía dos días, la reacción de ella no había sido precisamente de desagrado.
- No me vengas con “cómos”. Serketa ha cantado. Te acostaste con ella la misma noche que me besaste –le espetó, iracunda.
Con un ceño creciente, Userhat dio un paso hacia ella, el cansancio evaporándose ante la estupefacción.
- ¿Que Serketa va diciendo qué? ¡Es mentira, lo juro por Horus! Esa noche después de estar contigo me… -su discurso terminó con un chasquido cuando la chica le abofeteó. Sin darle tiempo a decir nada más, la joven se dio la vuelta y salió corriendo hacia la ciudad.
El orgullo retuvo el impulso de Userhat de ir tras ella, y lleno de ira se encaminó hacia la hoguera. Seguro que allí encontraría a la mentirosa y podría aclarar términos con ella. Desde que cortaron siempre había temido que le traería problemas.
Después de varias vueltas entre el grupo, tuvo que admitirlo: Serketa tampoco se encontraba allí. Muy enfadado y tenso, rechazó las invitaciones de Ipuy, Herisef y Fened de compartir la cerveza que habían traído y se encaminó hacia la ciudad dándole la espalda a la fiesta. Había cambiado de opinión: si para que Merikara le escuchara era necesario entrar en su casa por alguna ventana, por Horus que lo haría.
Entraba ya en el barrio obrero cuando dos figuras entrelazadas y tambaleantes aparecieron de improviso desde detrás de una esquina, y chocaron contra él. Una voz ronca con acento romano le gritó al oído y alguien le empujó violentamente hacia atrás. Trastabillando, cayó al suelo.
- ¡Mira por donde vas, imbécil! –rugía en latín el desconocido.
La cólera que ya latía en el pecho de Userhat se inflamó. Poniéndose de pie, apretó los nudillos hasta hacerlos chasquear, seguro de su fuerza. La calle, envuelta en las sombras de la noche incipiente, no le permitió descubrir más detalles, y en latín replicó también, furibundo.
- ¿Acaso no tienes tú ojos también, hijo de chacal?
- ¡Por los bastardos de Júpiter que no pienso permitir que una asquerosa rata egipcia me insulte! –bramó de nuevo el desconocido, dando un paso adelante. La segunda silueta avanzó también, pero para tomar el brazo de su compañero y susurrarle algo que Userhat no alcanzó a escuchar.
- ¡Al Hades con tu “no buscarse problemas”, Lepidus! ¡Le voy a enseñar una lección a este necio, y harías bien en aprender a comportarte como un legionario y no como una vestal, hermano! –con estas palabras, el hombre se sacudió la mano del otro y avanzó hacia Userhat, quitándose la capa.
La adrenalina hizo que las pupilas de Userhat se dilataran aún más, y pudo apreciar que su contrincante era un hombre robusto, de amplios hombros y gruesos brazos. Su cara, que lucía una barba de varios días, estaba marcada por una cicatriz que le marcaba la mejilla izquierda y destacaba, lívida, a la luz de las estrellas.
- ¡Ja! -rugió caracortada- ¡Pero si es un crío al que no le ha salido ni la barba!
- Ese crío te saca más de una cabeza, y sus hombros son tan anchos como los tuyos, Kaeso.
Mientras el otro contestaba de malas maneras, al parecer decidido a que todo el barrio fuera espectador de la pelea, Userhat callaba. Ahora que Kaeso no llevaba capa, veía que llevaba una armadura romana, y una espada, que los latinos llamaban “gladius”, a la cintura. La brabuconada podía salirle muy cara al joven. Se permitió un suspiro interior cuando el robusto legionario se quitó la espada y la lanzó al suelo, pero aún así su hermano –Userhat no conseguía encontrar parecido familiar- seguía bien armado.
- Me bastaría una mano para darte los azotes en el trasero, pequeño. Pero usaré las dos, para que te quede más claro. –Y hablando así, Kaeso sonrió torvamente, y avanzó tambaleándose ligeramente.
Userhat se echó hacia atrás, desconcertado por el bamboleo. Su voz era firme, no parecía ebrio. Y sin embargo, su primer puñetazo estaba totalmente desviado y el egipcio lo esquivó con facilidad. Apreciando la oportunidad, Userhat puso en práctica lo aprendido a lo largo de toda una infancia en el campo, salpicada de escaramuzas.
Sus puños le alcanzaron en rápida sucesión, y tras golpearle en la cara con el izquierdo, el derecho le alcanzó en el mentón, haciéndolo retroceder. Rugiendo de cólera, el legionario se levantó y cargó contra él. El fuerte golpe en las costillas y el choque contra la pared que tenía a sus espaldas le arrebató el aliento. Instintivamente Userhat levantó con fuerza la pierna, metiéndole un fuerte rodillazo en la entrepierna. Con un aullido, el legionario aflojó ligeramente la presa, y de nuevo recibió un contundente puñetazo que le hizo caer al suelo. Gritando de forma incoherente, pateó las piernas de Userhat y cuando éste cayó a su vez al suelo se le echó encima. Rodaron por el suelo. El joven egipcio estaba recibiendo una paliza, a pesar de la borrachera de Kaeso. Dolorido, no se dio cuenta de que el romano había conseguido tomar la espada del suelo hasta que la desenvainó, y el rielar de la escasa luz de las estrellas en el filo del arma le hizo retroceder.
- Basta ya. –Dijo el otro, poniéndose entre ambos. Ahora sí pudo Userhat apreciar los rasgos del otro romano. Más apuesto y esbelto que su compañero, avanzó hacia Kaeso, bloqueándole el paso, pero dirigió la mirada a Userhat- Olvidaremos el incidente si tú actúas igual. Recoge la funda, y recupera el raciocinio, Kaeso. Recuerda para qué estamos aquí.
Userhat retrocedió, pasándose la mano por el labio inferior. Una mancha negra, que sabía sería carmesí a la luz del día, manchaba su dorso. Asintió pausadamente, mientras tomaba nota de las vías más rápida de escape. A pesar de toda su fuerza, no estaba a la altura de un legionario romano. Era algo de lo que debería tomar nota.
Al parecer, la última frase de Lepidus había sido suficiente para hacer recobrar el dominio de sí mismo al brutal latino, porque Kaeso recogió capa y funda sin comentarios. Sin siquiera mirarle, partió con andares ya menos vacilantes en dirección al campamento de la Legio Secunda Trajana seguido por la figura silenciosa y grácil de Lepidus, que hizo un alto para echarle una última mirada.
Userhat tuvo la sensación de que no sería la última vez que los viera.
Y así había sido.
Dos semanas más tarde el joven egipcio se había llevado un sobresalto cuando entraron completamente ataviados con los pertrechos de la legión en el taller de su padre. Querían hacer un encargo, al parecer. A su padre no le pasó por alto la mirada incendiaria que Kaeso le había asestado. Lepidus, sin embargo, se había conducido con absoluta discreción.
Mientras su padre les acompañaba hasta la puerta, Userhat tuvo la oportunidad de ojear la tabilla de cera en la que su padre había apuntado el encargo. Caoba, mopane, granadillo negro… maderas costosas, y en el caso de las dos últimas muy difíciles de trabajar. Sin duda, les iba a salir caro. Muy caro. ¿Podrían permitirse eso dos legionarios? Userhat no estaba seguro, y de todas maneras pronto tuvo otras preocupaciones en la cabeza: su padre regresaba, y le esperaba un interrogatorio.
Dejando a un lado los recuerdos, se encorvó sobre la madera, aplicándose con especial dedicación a alisar un nudo de la última tabla. No debían quedar irregularidades, su padre era muy puntilloso con los detalles del trabajo. Fue entonces cuando una voz ronca le sobresaltó.
- Es la primera vez que veo a un león alisando la madera en vez de arañarla. -comentó despectivamente Kaeso- Más bien pareces un cervato, quitándose la piel de los cuernos en su primera época de celo.
Dándose la vuelta, Userhat se puso de pie. Recortándose contra la luminosidad del exterior, se delineaba la corpulenta figura del legionario. ¿León, había dicho? ¿Cómo se había enterado de su apodo? ¿Tanto interés se había tomado en él?
- ¿Qué quieres? –Preguntó, frío y distante- Mi padre no está en este momento.
- ¿Cómo me llamarán a mí? ¿”El Cazador”? –le respondió el legionario con una risotada grosera mientras entraba, haciendo caso omiso de la pregunta. Afeitado y alerta, un nuevo aire se apreciaba en sus maneras, no como la última vez que le había visto. Parecía estar disfrutando con las chanzas- Fuiste una presa patética, en todo caso.
- Como te he dicho, mi padre no está –repitió, con la voz tirante, tragándose su orgullo y negándose a caer en las provocaciones del legionario- Así que me temo que debo pedirte que te vayas. Si tienes algún recado, se lo transmitiré de tu parte.
El otro le contempló de forma extraña, con una expresión en que se mezclaba la decepción con otro sentimiento que el joven egipcio no alcanzó a discernir. Adoptando una pose de superioridad y desdén, el latino le respondió.
- Dile a tu padre que el pedido ha cambiado. Debe ser ampliado, aquí están las instrucciones. –Le contestó, lanzando sobre una de las mesas un pergamino doblado- Que considere las nuevas piezas, y que para mañana nos tenga preparado un nuevo precio.
Con estas palabras se dio la vuelta, y se disponía a salir cuando la puerta se abrió de nuevo, dejando paso a Akhesa. La mirada que le clavó el romano no le pasó desapercibida a Userhat. Evitando mirar directamente al legionario, su hermana pasó para dejar en la mesa un plato con tortas de pan, pescado seco y un odre de agua. Sin decir palabra, volvió a salir, seguida por Kaeso.
Irritado y receloso del romano, Userhat avanzó hasta la puerta.
No le tranquilizó ver cómo el hombre seguía con la vista a su hermana, que se alejaba.
(…)
- No me gustan, padre. Preferiría que no tuviéramos trato con ellos. Entreguémosles el pedido inicial, disculpémonos por no poder entregarles las nuevas piezas, y recomendémosles a otro carpintero.
- ¿A cual de mis competidores? ¿Ibka? ¿Remrem, quizás? ¿Crees que necesitan propaganda? Bastante consiguen entre sus contactos, sus difamaciones y sus propias habilidades.
- ¿Realmente importa un encargo tanto? Tienes muchos clientes satisfechos en tus listas.
- ¡Precisamente! ¡Nunca ninguno ha tenido motivos de queja, ni por la calidad de la pieza, ni por la de los materiales, ni por nada! ¿Sabes cuánto podemos ganar con este encargo? Échale un vistazo a las nuevas piezas –le dijo, tendiéndole el pergamino- Cinco baúles de mopane, con tallas de Hathor y Nut; tres estanterías y dos lechos de ébano, con tallas de Bes, el genio benéfico, y lotos… ¡incluso instrumentos musicales, flautas y oboes, de granadillo negro!
El joven egipcio miró la lista sin enfocar la vista en ella. Ya la había leído. Su padre olvidaba hablar de las tallas de escarabeos de las estanterías y los tornillos de granadillo negro que también especificaban. De ricas tonalidades, las maderas exigidas eran muy caras, y en el caso del granadillo y el mopane, difíciles de trabajar por su dureza y propiedades mecánicas. Era un encargo de valor desorbitado, quizás el ajuar de alguna boda entre patricios, o presentes a algún senador romano con gustos exóticos.
- ¿Y crees que serán lo suficientemente ricos como para permitírselo, padre? ¿No te parece extraño que dos legionarios se gasten sus sueldos en tales objetos, en vez de irse de juergas y alquilar mujeres en las casas de placer?
- Hijo mío, harías bien en comenzar a dejar de lado las tonterías de niños y centrarte en lo que sucede a tu alrededor. –Le espetó su padre. Levantándose de la austera mesa del despacho, caminó hacia la ventana y contempló la silueta del sol que se escondía ya tras las dunas del desierto nunca lejano- Los legionarios que han hecho el encargo son Lepidus Valerius Nasica y Kaeso Valerius Nasica. ¿Te suenan? –Al ver el gesto neutro de su hijo, el carpintero continuó- Los Valerius son una familia de gran renombre, sobre todo en el norte. Poseen amplios terrenos en Alejandría. En buena lógica, deberían estar bajo el mando de Secundus Clodius en las filas de las decurias de la Secunda Trajana Fortis que quedan en la ciudad tras la aniquilación de la XXII Deiotariana. No sé cual será el motivo de su presencia aquí… me han llegado rumores de que el primogénito, Lepidus, ha sido promocionado y partirá hacia Jerusalén.
- ¿Jerusalén?
- Está en Judea. –Respondió su padre, con lo que a Userhat le pareció un punto de tirantez en la voz- Es la ciudad sagrada de los judíos y una ramificación de su religión, los adoradores de ese hombre crucificado… esos que se hacen llamar cristianos. Tras la destrucción de la vigésimo segunda los romanos los expulsaron de ella y la han hecho llamar Aelia Capitolina.
La postura de su padre, con la mirada perdida a través de la ventana e iluminado por la luz del poniente, se le antojó a Userhat en tensión, sin que pudiera adivinar la razón. Frunciendo el ceño, el joven avanzó para dejar el papiro sobre la mesa.
- Padre…
- Se acabó, Userhat. No pienso dejar de completar un encargo así sólo porque tuvieras un roce con Kaeso. Ahora, déjame. –Concluyó, dando por terminada la conversación sin volverse a mirarle.
Dándose la vuelta bruscamente, el joven egipcio salió del despacho de su padre, intrigado a la par que molesto. ¿Cómo conocía tan al pormenor las legiones y familias patricias de Alejandría su padre? Sabía que tenían antepasados en aquella lejana ciudad, famosa por su Biblioteca, pero aquellos se remontaban al padre de su abuelo… pensativo, chocó contra su hermana Akhesa, casi provocando que se cayera al suelo la loza que llevaba en brazos.
- ¡Especie de buey torpe! –le increpó mientras entre los dos conseguían evitar que los platos cayeran al suelo- Anda, ayúdame a llevarlos a la cocina. –Una mirada a la cara irritada de Userhat le hizo alzar una ceja- ¿Qué te ocurre? ¿Te ha castigado papá?
- No, es sólo que sigue tratándome como a un crío de catorce años –dijo malicioso, su enfado evaporándose ante el rostro de su hermana. La protesta de ella no se hizo esperar, y entre pullas terminaron de colocar los platos en las estanterías de acacia de la cocina.
- Por cierto, ¿quién era el romano de la mañana, el que estaba en el taller hablando contigo?
- Un tal Kaeso Valerius –respondió el joven, seco. Su hermana enarcó una ceja, interesada por su actitud, y continuó.
- Era guapo… ¡tenía los hombros tan anchos como tú, y los ojos azules como el cielo en shemu! – El brillo de los ojos de su hermana le preocupó más que la sonrisa pícara que le lanzaba.
- ¿Y la cicatriz de su mejilla? ¿También te parece atractiva? –le preguntó de forma casual.
- Oh, bueno, eso le hace parecer más peligroso, pero no menos apuesto. No sé, tiene un encanto tosco. –La mirada de su hermana se perdió, y continuó inocentemente- Es más viril. Sí, es… como más… no te sabría decir, en fin, pero parece más hombre, no como tú, User…
Una sonora bofetada de su hermano interrumpió sus palabras, y se llevó las manos a la boca muy sorprendida, mientras sus preciosos ojos verdes se llenaban de lágrimas.
- ¡Eres idiota, Akhesa! ¡Ese latino primero te usaría y después te tiraría, como a una vulgar meretrix!
Sendas lágrimas temblaron en los enormes ojos verdes de la muchacha, antes de que se diera la vuelta y saliera corriendo hacia su habitación.
Inmóvil, Userhat se reprochó su conducta. Akhesa y sus fantasías adolescentes no tenían la culpa de su mal humor y él lo había pagado con ella. Apretando con fuerza la mandíbula, el joven egipcio salió de su casa. Cuando los pensamientos le daban vueltas en la cabeza como animales furiosos, sólo conocía una manera de relajarse.
La temperatura al anochecer era agradable, y la penumbra creciente una bendición tras la penetrante luz del sol. A grandes zancadas, el joven egipcio corría con abandono por la orilla del Nilo.
Acostumbrado a cubrir largas distancias desde pequeño, pronto había descubierto el placer de la carrera, la pura potencia de su cuerpo y la grandiosa sensación de relajación y cansancio posterior al ejercicio intenso. De momento, se dejaba llevar por el instante, con la mente en blanco y sin pensar en nada que no fuera la brisa acariciándole la cara y la sensación de su shenti de lino blanco restallando contra sus piernas… libertad.

29/10/2009 a 22:47
* Los egipcios dividían el año en 3 estaciones, cada una de las cuales constaba de 4 meses. Éstas eran: la estación de la inundación (Ajet), el invierno (Peret) y el verano (Shemu). Cada mes constaba de 30 días.
* Estadio romano: 185 metros. El Templo se alza a unos 530 metros de la orilla del Nilo, lo que da una distancia de 2,85 estadios.
* Bak-Her: Expresión de júbilo, felicitación. “Bravo”. Literalmente, significa “Trabajo de Horus”, es decir, “bien hecho”.
* Meretrix: Palabra latina para designar a una prostituta. En lenguaje más soez, los romanos se referían a las mujeres que oficiaban de tales como “lupas”.
30/10/2009 a 05:14
Cuanto tiempo esperando, pero ha llegado. Por fin podemos seguir las aventuras de Userhat por internet. Espero que podamos acompañarle durante mucho tiempo ^^!
Mucho animo, Phersus, pero sobre todo mucho animo a Userhat, porque creo que lo va a necesitar.
31/10/2009 a 20:22
Saovine… ^^
:****** ^^ (Y valió ya, que va a parecer que esto no es serio xD)
07/11/2009 a 23:26
Muy buena lectura! Buenísimo todo lo relativo a la ambientación: el Egipto antiguo, las costumbres de la época, el oficio de carpintero…
¿No tienes pensado continuarlo?
08/11/2009 a 19:06
¡Muchas gracias! ¡Me alegro mucho de que te haya gustado!
En cuanto a lo de continuar, por supuesto; de hecho mañana postearé el siguiente eslabón de la historia. Temo que será un poco pesado, al tratarse casi de un diario de las experiencias de Userhat, pero desde luego historia hay para rato.
¡Saludos!