El comienzo de un largo día

Posted in Akhesa, Apollonos Superioris, Kaeso, WoD on 21/01/2011 by Phersus

Horrorizada, Akhesa dejó caer el gladius romano y retrocedió, llevándose las manos a la boca.

Había matado a un hombre.

Quizás no fueran sus manos las que habían asestado el golpe fatal, pero había tomado partido en ello; no podía eludir la culpa. Su labio inferior comenzó a temblar, y los ojos se le llenaron de lágrimas. El latino se alzaba lentamente desde la espalda del gigante caído, con las manos empapadas en sangre. La imagen hizo que se le escapara un gemido bajo, angustiado, que atrajo la atención del hombre. Cuando se acercó, ella se encogió como un animal herido. Le estaba hablando, pero no entendía lo que le decía. Akhesa estaba muy lejos de allí, con la mirada fija en el creciente charco de sangre, que manaba de la terrible herida del cuello. Sangre oscura en aquella penumbra, sangre perezosa que manaba lentamente ahora que el corazón había dejado de latir.

(…)

Kaeso se acuclilló al lado de la joven egipcia lentamente. No parecía entenderle en latín, aunque en el almacén de su padre había respondido en el idioma romano con soltura. No sabía cómo actuar con ella, parecía traumatizada o algo así. Quizás fuera el primer combate a muerte que había visto. Pero por los testículos de Hércules, ¿qué podía hacer con ella? La recordó en el mercado, con la sonrisa en los labios y la negra melena ondeando a cada paso, y su mano se movió por iniciativa propia acercándose a la cabeza de la muchacha. La visión de la sangre manchando sus dedos, empero, le hizo retirarla y limpiársela en el faldellín reglamentario. Luego se quedó inmóvil, lleno de frustración. Ni siquiera sabía cómo se llamaba.

Mi… ¿Señora? –pronunció vacilante, en un egipcio con marcado acento. Nada. Ella seguí mirando al cadáver con aquella expresión ausente. Kaeso se movió, interponiéndose entre el macabro espectáculo y ella. Lo intentó de nuevo– Mi señora… me… ¿oír?

El sonido del idioma nativo pareció devolvierla poco a poco a la realidad. Ella le miró, y a Kaeso le dio la impresión de que era todo lágrimas y ojos verdes, verdes, verdes. Ella sollozó, y de nuevo la mano del hombre actuó por su cuenta, enjuagando las lágrimas que corrían por aquel rostro que se le antojaba celestial. La piel de la joven era suave como la seda, y sus manos de legionario parecían de esparto en comparación. Carraspeó, incómodo, y retiró la mano.

Mi señora –Sin duda era irónico; Lepidus había insistido en que aprendiera los rudimentos de aquel idioma áspero y primitivo para complacer a la nobleza egipcia, y la primera vez que intentaba hablar con alguien así resultaba ser la hija de un carpintero. Con esfuerzo, prosiguió – Deber marchar… ¿nos? Salir. Rápido.

Ella calló, y ya se temía que iba a seguir en silencio cuando murmuró algo.

¿Qué? –Mierda, eso se le había escapado en latín. Pensó arduamente en las palabras egipcias- ¿Qué… dicho?

– Eudet. –Replicó ella, y esta vez Kaeso alcanzó a entender el nombre del comerciante de grano. Era uno de los contactos de su hermano- Ha sido Eudet. –Repitió ella, con mayor fuerza en la voz y creciente rabia en los ojos.

¿El…? –Ah, por los cuernos de Juno, no recordaba la maldita palabra en egipcio. Al Inframundo con tanta estupidez; si ella había hablado en latín en el almacén de su padre, volvería a hacerlo. Continuó en latín, hablando con exagerada lentitud y recalcando cada golpe de voz, como haría con un niño pequeño- ¿El… comerciante?

Ella le miró, al parecer extrañada ante su actitud.

– Sí, el comerciante de grano que tiene la tienda cerca de la muralla de la legión.

La frase había sido íntegra en latín y expresada perfectamente, sin vacilación alguna. Únicamente persistía un leve rastro de acento egipcio, que le daba una entonación que a Kaeso se le antojó exquisita. El legionario se sintió estúpido, y sintió un súbito ardor en la cara. Carraspeó.

Bien, eh. Bien. Ejem… ¿y porqué?

Esa rata asquerosa regateó conmigo el precio del grano –siseó ella, con la rabia calentándole las mejillas y alejando el trauma- y como no pudo estafarme, envió a su guardia para que sacara todo lo que pudiera.

– ¿Tienes… alguna prueba de que es cierto lo que dices?

¿Crees que me habría dejado salir si yo le hubiera estafado? –Respondió ella; parecía genuinamente sorprendida- ¿Con esas dos montañas de músculo que le rodean a todas las horas?

Gran verdad, reflexionó el romano, pero no era precisamente eso lo que se le había pasado por la cabeza; una muchacha tan bella, haciendo… negocios… con un obeso comerciante rico… se sacudió aquellos pensamientos de la cabeza. Si era tal como decía ella, Eudet se había pasado de la raya. Quizás fuera hora de meterle en vereda.

Bien. Ahora quiero que me escuches atentamente. – La tomó de los brazos, y se aseguró de que ella le mirara a los ojos. Recalcó cada instrucción con vehemencia- Debes salir de aquí, alejarte lo más rápido que puedas sin correr; esto es muy importante, sin correr –aguardó a que ella asintiera para continuar- y olvidar este incidente. –Al adivinar la réplica de ella, él se anticipó- Yo me encargaré de Eudet, y de que no vuelva a molestarte. Tienes mi palabra. En el futuro, hazme los encargos de grano a mí y yo me encargaré de tratar con él.

Ella le dirigió una mirada que no fue capaz de descifrar.

Es muy importante que no digas nada de esto. A nadie, ni siquiera a tus padres. Si se enteran, se crearán tensiones que podrían afectar a -mi hermano- la legión, ya sabes cuántos contactos tiene Eudet, y no queremos que… –que Lepidus vea en complicaciones a uno de sus principales apoyos en esta ciudad- se altere el orden. ¿Has oído acerca de lo que ocurrió con la XXII Deiotariana, verdad? –Ella asintió- Pues tiene a todas las legiones en pie de guerra. Sobresaltos es lo último que necesitamos.

La joven pensó acerca de sus palabras, y finalmente asintió lentamente con la cabeza. Él la ayudó a levantarse, manteniéndose a su lado de forma que le impedía la visión del muerto en el camino hacia la salida. Se detuvieron en el umbral del almacén, y se contemplaron en silencio. Por Afrodita, era preciosa. Embrujadoramente bella. Aquellos ojos deliciosamente rasgados… Kaeso tensó las mandíbulas, y asintió con brevedad. Ella pestañeó y bajó la mirada, y se dio la vuelta para salir.

¡Espera! –su mano había cogido veloz el brazo de la muchacha. Incómodo por la vehemencia de su voz, carraspeó y la soltó de inmediato- No sé tu nombre.

Me llamo Akhesa, mi señor. –Respondió ella, realizando una leve reverencia- Hija de Didia el ebanista, mi señor.

– Sí. Yo…

– Kaeso Valerius Nasica. –Le interrumpió ella.

Eh, si. Así es.

Ella asintió, toda gracia y belleza a pesar del polvo que la cubría, al tiempo que se pasaba la mano por las mejillas, tratando de difuminar los surcos de las lágrimas. Él asintió, y se dio bruscamente la vuelta. Lo que iba a hacer, debía hacerlo rápido, y salir de allí sin demora.

(…)

Akhesa caminó con naturalidad, como el latino le había dicho, hasta que estuvo a aproximadamente dos estadios de distancia. Entonces rompió a correr, con los ojos anegados de lágrimas y esquivando las figuras borrosas que se cruzaban en su camino sin dedicarles una segunda mirada. Atravesó el mercado y salió a los campos de cereal en su camino hacia el río. Desesperada, corrió hacia el recoveco que las muchachas usaban para jugar, rogando por que no hubiera nadie a aquella hora. Se sentía sucia y el pensamiento de que su madre o su padre pudieran sonsacarle la verdad la agobiaba lo indecible, haciéndole que pareciera costarle más respirar.

Tuvo suerte; no había nadie allí, y sin pensárselo dos veces se sacó el sencillo vestido de lino y corrió por el pequeño muelle. Sin frenarse, dio un salto y se sumergió con gracilidad en el agua. Estaba fresca, y tras un corto rato se sintió entumecida. Volvió a la orilla, y se dedicó a frotarse vigorosamente las piernas y los brazos. Finalmente, se echó agua a la cara, murmurando súplicas a la dulce Hathor e Isis la hechicera, al valiente Horus y a Hapi, diosa del Nilo. Ella había participado en la muerte, pero había sido por necesidad. Rogó a Osiris que la juzgara con benevolencia y en su desesperación se dirigió incluso a Anubis el Chacal y a Toth, el sabio e implacable dios-ibis de la Balanza. Inspiró y expiró profundamente, y recordó que los antiguos creían que cualquiera que se ahogase en las azules aguas del Nilo pasaba inmediatamente a las Praderas de Occidente. Vería así al abuelo y a la abuela… Un escalofrío trepó por su columna.

No estaba preparada para pasar al Du’At. Desde luego que no.

Tenía la piel de gallina cuando salió por fin, pero se sentía más tranquila. Una nueva mirada a su alrededor le confirmó que no había nadie por allí, así que se encaminó hacia el vestido que había dejado tirado sobre los juncos. Fue cuando iba a ponérselo cuando sus ojos descubrieron dos pequeñas manchas rojas en la parte baja. Mordiéndose los labios con angustia, miró en torno a sí misma de nuevo, temiendo irracionalmente que alguien estuviera vigilándola. Luego se acercó hasta el agua, y frotó vigorosamente hasta que las manchas desaparecieron. Se puso el vestido húmedo, y lo alisó nerviosamente.

“Sí, bajé hasta el río. Necesitaba refrescarme un poco después del mercado, mamá” pensó. Forzó a sus labios a formar una sonrisa alegre, y se puso en camino hacia su casa. Mientras caminaba, se retorcía nerviosamente las manos. Hathor velara por ella, iba a ser un largo día.

(…)

La lona que cubría el umbral fue bruscamente apartada a un lado, y Kaeso Valerius entró con porte arrogante en la tienda de Eudet. El obeso comerciante estaba sentado tras el escritorio, haciendo cuentas con la ayuda de un ábaco. La mirada que alzó traicionó brevemente su desencanto al reconocer al legionario.

¿Te pillo en mal momento, mercader? –Le espetó bruscamente. En latín, por supuesto.

La sonrisa obsequiosa y servil que el corrupto mercader reservaba para su hermano y superiores retorció obscenamente los labios de Eudet.

Mi señor, en absoluto. Qué gran placer, qué gran placer – Respondió Mientras comenzaba a ponerse en pie trabajosamente. Un gesto seco del legionario cortó el movimiento.

– No es necesario. –La mirada del romano estaba fija en el segundo kushita, tan grande como el anterior y tan inmóvil como una estatua de ébano pulido. ¿Qué les daban de comer para que crecieran como mulos, por Plutón? Los brazos eran tan gruesos como arbolillos jóvenes – No es una visita de cortesía.

– ¿Ah? Bien, mi señor, bien. ¿En qué puedo ayudarle?

Kaeso volteó violentamente el saco que llevaba en la mano izquierda, que golpeó la mesa con seco impacto. Algo dentro del saco dejó escapar un tintineo metálico, y cuando el romano volcó el contenido sobre la mesa, las dos enormes manos del kushita y los dos brazaletes dorados de sus bíceps aparecieron ante Eudet y el otro negro. El obeso egipcio abrió desmesuradamente los ojos, y la colosal estatua que montaba guardia a su lado cobró vida al instante. La inmensa mano se cerró en torno a la empuñadura de la cimitarra y la desenvainó en un parpadeo. Sólo una rápida orden en el bárbaro idioma de los negros salvajes aquellos, pronunciada por un Eudet que se había quedado pálido como la cera, contuvo el ataque.

Mi señor… –la palidez daba un tono cetrino a su cara, pero Kaeso se dio cuenta de que el pulso del comerciante no temblaba al recoger los dorados brazaletes manchados de sangre- ¿Qué significa… esto?

El romano se inclinó sobre la mesa, empujando despectivamente el ábaco a un lado y endureciendo la mirada.

– Significa que basta de estupideces. No vuelvas a meter mano donde no te llaman, porque no sabes hasta dónde alcanza la sombra de mi familia. –Clavó el puñal que había aparecido repentinamente en su diestra sobre la mesa, con violento golpe- No vuelvas a tocar a Akhesa.

Sin esperar respuesta, el romano se dio media vuelta y salió a grandes trancos de la tienda, dejando a un meditabundo Eudet detrás del escritorio.

Kaeso caminó a largos trancos, sin hacer caso de las patrullas que pasaban a su lado salvo para saludarlas con gesto marcial. Repentinamente, un legionario llegó a paso vivo hasta una de ellas y la abordó. Las palabras “negro enorme” y “manos cortadas” llegaron a sus oídos, pero se limitó a hacer caso omiso, mientras la patrulla partía en dirección al almacén. Kaeso inspiró profundamente, y la posición del sol le recordó que había quedado en pasar por la tienda de su hermano.

Flexionó los dedos, cerrando y abriendo los puños mientras se abría paso entre la multitud del mercado. Iba a ser un largo día, por la cornamenta de Juno.

 

Cántame otra, pajarito

Posted in Akhesa, Apollonos Superioris, Kaeso on 29/12/2010 by Phersus

Akhesa caminaba a buen ritmo hacia su casa, atravesando el atestado mercado en medio del revuelo de túnicas y el caos de las voces entremezcladas entre sí. Una carreta de legumbres empujada por dos enflaquecidos beduinos se cruzó en su camino, y ella se echó hacia un lado de manera automática, empujando a alguien sin apenas darse cuenta de ello; estaba completamente habituada al ambiente del mercado. El hombre masculló un áspero insulto en mal egipcio, pero ella ni le miró. Disculpándose de pasada, continuó su camino sin reparar en los dos ojos que ahora la seguían. Se sentía eufórica, con ganas de bailar: ¡Vaya cómo le había plantado cara al gordo Eudet! Sus ojos verdes chispeaban y su preciosa sonrisa le iluminaba la cara, acentuando aún más su belleza ya notable. Completamente inconsciente de ello, la muchacha se sentía eléctrica, como una niña pequeña que hubiera conseguido realizar una maravillosa travesura.

¿Hay algo más dulce que esta hora? / Cuando estoy contigo, y tu me robas el corazón –cantó para sí citando los versos de Anon, un poeta de los antiguos tiempos, al tiempo que daba dos ágiles pasos de danza con la elasticidad de bailarina- Porque no hay abrazo mas cariñoso cuando me visitas / y nos entregamos juntos al inmenso placer…

Una mano se cerró en torno a su muñeca con la fuerza de una trampa para leones. Sobresaltada, soltó un gritito al tiempo mientras era arrastrada con fuerza incontestable hacia la parte posterior de uno de los puestos. Su agresor era un negro gigantesco, que le resultaba familiar… sobresaltada, se dio cuenta de que era uno de los kushitas que montaban guardia en la tienda de Eudet. Impotente, se vio llevada casi en volandas hacia la oscuridad de lo que le pareció un almacén de cuerdas.

¿Qué… qué… –jadeó ella, intentando soltarse de la gigantesca mano del negro y deseando que su voz no sonara en realidad tan aguda, tan débil, tan niña como a ella le parecía- quieres? ¡Suélta… me!

– Silencio. –Dijo, con fortísimo acento y un egipcio tan malo que casi no pudo entenderle. Al persistir ella en sus forcejeos, dio un fuerte tirón que la hizo soltar un gemido de dolor- Callar. Sestercios, dar. Faltar.

– ¿Sestercios? ¿Qué? No… – la comprensión se abrió paso a codazos entre el miedo y la confusión- ¿Eudet te manda a por más dinero? ¿Por los sacos de cereal? ¡Asquerosa rata ladrona! ¡No pienso darle más!

Indignada retorció el brazo intentando soltarse, pero sólo consiguió hacerse daño. ¡Por Hathor, aquel hombre tenía la fuerza de un buey! Ultrajada y levemente asustada, insistió.

Para. –Un nuevo tirón le llenó los ojos de lágrimas a la joven egipcia- Eudet no contento con tú, decir faltar. Así que dar. –Los ojos, negros y relucientes, no traicionaban ninguna emoción. El miedo empezó a ganar la batalla en el interior de la muchacha. La mirada debió traicionarla, pues cuando se disponía a gritar pidiendo ayuda, el coloso de ébano la cogió por el cuello con la otra mano, rodeándoselo por completo con aquella mano gigantesca- No gritar, o daño. –Advirtió- Mucho. Ahora, dar…

– Suéltala. – La voz, familiar y ronca, los sobresaltó a ambos. Akhesa giró esforzadamente la cabeza. La silueta de un legionario con armadura de la legión, ancho de hombros y de recia mandíbula, se recortaba contra la luminosidad exterior. Kaeso. Con gesto aparentemente casual, apoyó la mano en la empuñadura de la espada que le colgaba de la cintura.

Fuera –gruñó el negro. Su voz tenía la sonoridad de un tambor, y su inmenso tamaño empequeñecía hasta la ridiculez al legionario.

He dicho que la sueltes. – Y desenvainó varios dedos de espada. Su filo relució a la luz de la mañana, en un gesto que no tenía nada de casual ya – Ahora.

Fuera – repitió aquella montaña de humanidad, en absoluto preocupado – O mucho daño ella y tú.

Esa canción ya me la sé – replicó el latino, desenvainando por completo la espada con metálico siseo. Dando una patada, estrelló la puerta contra la cara interna de la pared del almacén. Akhesa supuso que era para asegurarse de que no había nadie tras ella. Con el arma presta, el legionario entró – Cántame otra, pajarito.

El colosal africano dudó. La armadura de la legión no era cosa baladí. Los legionarios no toleraban desafíos a su autoridad, y con la masacre de la vigésimo segunda tan cercano y los rumores de rebelión judía generalizada estaban más susceptibles que nunca. Discurrió lentamente, considerando todos los puntos de la situación, hasta que una idea iluminó el satisfactorio camino a seguir… puesto que precisamente, si uno de ellos desaparecía sin dejar rastro quizás lo achacaran a los judíos. Una amplia sonrisa, perlas en un rostro de medianoche, distendió sus enormes labios. Arrojó a la muchacha sobre un montón de cuerdas, sin dudar de que la pelea iba a ser cosa de un par de golpes, y empuñó la cimitarra.

Yo no cantar. –Declaró rotundamente, y cargó sobre el latino.

(…)

Akhesa estaba doblemente aterrada; por sí misma y por la suerte del legionario al enfrentarse a una mole como aquella.

Las figuras de los dos combatientes desaparecieron rápidamente de su vista, evolucionando en la penumbra a través de los montones de cuerda apilada con movimientos violentos que eran subrayados por el sonido metálico de las espadas al chocar.

Repentinamente consciente de su libertad, la muchacha se puso en pie velozmente y salió corriendo del almacén, pero sus pasos se fueron deteniendo tan pronto hubo traspasado el umbral. Kaeso estaba salvándole la vida, y ella huía. Angustiada, agudizó el oído. ¿Aún se oía el entrechocar de metales dentro? No fue capaz de oír nada. Inquieta, se mordisqueó el labio inferior mientras se decía que debía huir mientras tenía la oportunidad, pero sus pies se negaron a obedecerla. Bruscamente, giró sobre sus pasos y entró de nuevo en el almacén.

(…)

El gigantesco mauri se le echó encima con una rapidez increíble para tratarse de alguien tan pesado, y Kaeso ni siquiera pensó en frenar el ataque que seguiría a tan brutal carga. Veloz, retrocedió un paso y se echó a un lado, alejándose de la puerta. El siseó de la cimitarra le siguió de cerca, obligándole a retroceder rápidamente de nuevo, mientras hacía un molinete con la espada. Las dos hojas chocaron con violencia, iluminando fugazmente la oscuridad con una miríada de chispas, y la cimitarra le arrancó una vibrante nota de protesta a la suya, casi arrancándosela de la mano.

“Que Plutón le saque los ojos – maldijo para sí – joder con el negro. ¡Golpea con la fuerza de un herrero!”

Sus ojos se habían habituado ya a las penumbras de la sala, y cuando el otro alzó la espada y afianzó los pies preparándose para soltar un brutal tajo vertical, Kaeso estaba preparado para esquivarlo. Era muy consciente de su desventaja; tanto sus brazos como su arma eran más cortas que los del otro, que además era mucho más fuerte que él… a lo que, por cierto, no estaba acostumbrado. Lo único que podía igualar la balanza eran la destreza y la experiencia del legionario.

Otro mandoble buscó su cuerpo.

Kaeso alzó la espada en un rápido sesgo, desviando la cimitarra hacia la pared con un nuevo estallido de chispas. Los pies de Kaeso bailaron veloces, rotando y alejándole del gigante una vez más. El mauritano le siguió con la sonrisa blanca destacándose en la oscuridad y pasos tan elásticos como los de una pantera al acecho.

“Seguro que ni siquiera está sudando” se dijo el romano, sintiendo su propia humedad perlándole la frente. La legión no luchaba a la defensiva: hacía siglos que los romanos habían aprendido que la mejor defensa es un ataque contundente. Pero ahora le faltaba su escudo, su pilum y sus legionarios; no, no había otra opción; debía mantener cuanta distancia pudiera, esperando un fallo que la arrogancia o la estupidez del oponente le permitiera aprovechar. Evolucionó a través de los montones de cuerda y otros objetos, intentando mantener siempre entre ambos un obstáculo que le impidiera abalanzarse directamente sobre él. La cimitarra volvió a alzarse, cortando el aire con aquel siseo penetrante tan característico.

Parar juego – gruñó el enorme negro- Luchar.

“Claro, ahora mismo, pequeñín”. Kaeso sonrió con gesto torvo, afianzando su agarre sobre la empuñadura del gladius mientras seguía rotando y moviéndose. Su espada no estaba hecha para lanzar tajos, sino para clavarse. Distancias cortas, lo que en aquel caso era una seria desventaja: no tenía consigo el escudo, y la protección de la coraza era irrisoria frente a la potencia del enorme negro. Tampoco había traído el pilum, que le habría venido bien para ampliar su alcance. Caminar por el mercado con la pesadísima lanza era un engorro y un obstáculo más que una ayuda. Sobrevivir era lo primero, pero para salir de allí tenía que ganar, y eso implicaba llegar a él evitando que en el proceso le destrozara. De alguna maldita manera tenía que… un amago de movimiento le sobresaltó y dio otro rápido paso atrás, que le salvó la vida: la hoja del gigante relampagueó a centímetros de su cabeza; en su ansia de sangre, el inmenso africano se había subido a un montón más bajo de cuerdas apiladas.

Ahí estaba su oportunidad.

Kaeso sonrió enseñando el canino como un lobo hambriento, y se abalanzó sobre él con la espada por delante, en un tiro a fondo brutal. La punta aguzada del gladius se enterró en el costado del kushita, y llevada por toda la potencia de Kaeso, en el mismo movimiento se convirtió en un tajo cruel que le seccionó sangrientamente una buena porción del dorsal ancho izquierdo. Bramando como un toro, el mauritano perdió apoyo sobre el inestable montón de cuerdas y cayó de espaldas, soltando la cimitarra para no quedar empalado por su propia arma.

El gladius relampagueó de nuevo, fracturándole la tibia izquierda y hundiéndosele profundamente en la pierna.

El segundo alarido del negro, sin embargo, fue unido a una rabiosa patada con la otra pierna que alcanzó a Kaeso en la cara, haciéndole retroceder, escupiendo sangre por los labios reventados y con un penetrante dolor en el cuello.

Una colosal forma de ébano se alzó ante él repentinamente, y antes de que pudiera prepararse, recibió un puñetazo en el estómago que le arrebató todo el aire de los pulmones, seguido por otro tremendo puñetazo que le tumbó de espaldas. Fue vagamente consciente de que el negro le arrancaba el gladius del puño, y lo arrojaba a las tinieblas del almacén. Jadeando, el gigantesco kushita tanteó a su alrededor, dando al fin con el mango de su colosal cimitarra. Kaeso abrió los ojos a duras penas, a tiempo de contemplar como la enorme torre de carne que se alzaba sobre él elevaba el curvo acero, preparándose para destrozarle el cráneo… y entonces algo se movió tras él.

Hubo un movimiento brusco, y otro alarido cortó el aire.

¡Perra! –Bramaba el gigante, vuelto a medias hacia la esbelta sombra que retrocedía… la vista de Kaeso se enfocó por fin, y reconoció a Akhesa, que sostenía su gladius en la mano.

El colosal africano le dio la espalda, y avanzó renqueante contra ella. Puntos blancos sangrantes se marcaban en la zona lumbar del gigante, y Kaeso se dio cuenta de que estaba viéndole la columna vertebral. La muchacha debía de haberle atacado por detrás.

La mano del legionario voló hacia su cintura, y desenvainó el puñal. Sigiloso, se puso en pie. Debía alcanzarle en un punto vital con el primer golpe.

Los ojos de Kaeso se clavaron en el grueso cuello de ébano.

-Perra… no corre… –mascullaba mientras renqueaba violentamente hacia ella. ¿Era posible que pensara que un centurión romano podía quedar fuera de combate con sólo dos puñetazos y una patada? El romano no se paró a cuestionar su buena suerte, y haciendo caso omiso del dolorido entumecimiento que abarcaba todo su cuerpo, avanzó con el puñal presto. Y entonces, en  el momento en que se disponía a saltar, los sombríos dioses del Tártaro sonrieron al centurión. El inmenso negro tropezó repentinamente, y cayó al suelo soltando un nuevo alarido de rabia y dolor.

Se había enredado con una de las sogas que había desparramadas por el suelo.

Kaeso saltó.

La puñalada fue certera.

La hoja se enterró profundamente en el inmenso cuello del mauri, una, dos, tres veces. Los ojos del negro se abrieron desmesuradamente, y la sangre comenzó a brotar a borbotones por entre sus gruesos labios, apagando el agónico gruñido que salía desde lo más profundo de su garganta. Soltando un último estertor, sus ojos se pusieron en blanco, y cayendo al suelo, murió.

El arte de regatear

Posted in Akhesa, Apollonos Superioris, Didia on 17/12/2010 by Phersus

Akhesa fue despertada por un revuelo inusual en la casa. Adormilada aún, constató que apenas acababa de amanecer, y se dio la vuelta sobre el lecho de papiro trenzado esperando poder remolonear algo más. Las voces de sus padres le llegaron envueltas en la neblina de la duermevela, y el nombre de su hermano le hizo prestar más atención. Parecía una discusión. Sacudiéndose el sueño de encima, Akhesa se incorporó y prestó atención. Las voces de sus padres habían reducido su volumen. Rápidamente se puso en pie y se deslizó con sigilo por el piso, saliendo al pasillo y avanzando hacia la habitación de Userhat con mil precauciones. Las voces de sus padres le llegaban en susurros cargados de tensión.

... mi niño. –Susurraba frenética su madre- ¡Cómo pudiste permitirlo!

Mi consentimiento o la falta de él no valen nada, Selena. –Su padre hacía lo posible por refrenarla.

¿Y qué piensas hacer? –Siseó ella. Akhesa se sorprendió de que su madre pudiera hablar en ese tono. Jamás se lo había escuchado.

Hablar con Sedjem, preguntarle si sabe a dónde le han llevado... –la voz de su padre sonaba terriblemente angustiada- Te lo juro por Horus, Selena, no dejaré ni una piedra sin levantar.

Tú… tú… oh, ¿cómo has podido? Oh, Hathor… –los sollozos de su madre llegaron, ahogados y desesperados, hasta Akhesa.

Muerta de miedo y preocupación, la muchacha se arriesgó a espiar por la rendija entre la tela y el umbral. Su madre lloraba apoyada sobre el hombro de su padre, que la acariciaba el pelo con suavidad. Podía escuchar los murmullos tranquilizadores de Didia, que a pesar de su actitud tenía la cara surcada de lágrimas. ¿Qué le había pasado a Userhat, por todos los dioses? Akhesa sintió el impulso de mostrarse a sus padres, de llorar también por algo que no sabía, tal era la desdicha que le transmitían sus padres. Pero estaba también atemorizada por el hecho de que jamás había visto a Selena o a Didia llorar de aquella manera. Estaba aterrorizada.

Y… qué… ¿qué les diremos a las niñas? – lloró su madre.

– Que Userhat ha ido a Kom Ombo, a negociar con los sacerdotes por madera. No podemos preocuparlas. Démonos un poco de tiempo. Yo haré todas las averiguaciones que pueda, mi amor. – Su padre tomó a su madre de los brazos, y dirigió la mirada de ella hacia él alzándole el rostro con delicado ademán- Lo juro por el ojo de Horus, por la sangre de Osiris, mi cielo. Todo… todo saldrá bien.

Un escalofrío recorrió con dedos helados la espalda de la joven egipcia. ¿Qué era lo que ocurría que no querían decirles? ¿Acaso Userhat había sido atacado, detenido? ¿Había tenido problemas con la legión? Akhesa sabía que Gau y Userhat no se llevaban bien, pero no creía que su manía mutua pudiera dar como resultado que le detuvieran ¿no? Inquieta, se mordisqueó el labio inferior. No podía mostrarse ante ellos y exigir respuestas; no estando su madre tan afectada como estaba. Tendría que arreglárselas por su cuenta. Conteniendo las lágrimas, retrocedió con pasos livianos hasta su habitación y se echó de nuevo en el lecho.

Un buen rato más tarde, su madre apareció para despertarla.

Arriba, jovencita.

Haciéndose la dormida aún, Akhesa remoloneó y se giró hacia ella mientras bostezaba y se estiraba.

¿Ya?

Su madre compuso una sonrisa con esfuerzo y asintió, levantándose. Le tocaba el turno a Uabet de ser arrancada de la cama, algo que costaría un poco más. Akhesa la siguió con la mirada, y calló.

Después de desayunar, la familia se dispuso a las tareas habituales. Akhesa se encargó de ir a lavar ropa al río. Meditabunda, no paraba de dar vueltas a lo que había escuchado mientras sus manos frotaban con vigor y la destreza de la práctica las telas mojadas y enjabonadas. Su pregunta acerca del paradero de Userhat había recibido la contestación esperada: En Kom Ombo, recibiendo un cargamento de madera con el que los sacerdotes pensaban negociar los servicios de Didia. Ampliación del templo, le había contestado su padre sin mirarla a los ojos. Se sentía profundamente inquieta por el destino de su hermano, pues los rostros de sus padres se le habían antojado a la joven marcados por el dolor. Le sorprendía que Uabet, que pese a su corta edad era despierta e intuitiva, no se hubiera dado cuenta.

Quizás era que su hermana era aún demasiado pequeña, reflexionó la joven mientras se apoyaba el cesto de ropa lavada mejor sobre la cintura. O quizás simplemente era que debido a que había espiado la conversación de sus padres, ella sabía los signos que debía buscar. Su madre y Uabet estaban en los puestos de pescado, Akhesa debía encargarse del grano. Maíz, cebada y espelta, le había dicho su madre. Tras tender la ropa mojada, cogió unos cuantos sestercios y se encaminó hacia los almacenes de Eudet, que poseía dos enormes silos cargados de cereal.

Caminó con premura, saliendo del barrio obrero en dirección al Templo. A medio camino se alzaba la tienda de Eudet. Era uno de los comerciantes más ricos de Apollinópolis Magna, debido principalmente a los ventajosos tratos que mantenía con la legión. La fachada de la tienda, decorada con pinturas de hombres y mujeres recolectando trigo bajo la sonrisa benevolente –a Akhesa siempre se le antojaba prepotente- de un gigantesco Eudet esmeradamente pintado en el calcáreo, daba fe de la prosperidad del negocio. Akhesa aborrecía estar allí.

Inspirando profundamente, atravesó la lona ondeante que cubría la entrada con decisión, y aguardó a que sus ojos se acostumbraran al cambio de luz. Eudet se encontraba tras una enorme mesa, contando con rapidez las monedas de un saco de cuero. A ambos lados, dos gigantescos gemelos de piel negra aceitada y reluciente, montaban guardia. Labios gruesos, cabezas rapadas como huevos de avestruz y relucientes cimitarras colgadas de sendos cinturones de cuero negro les daban un aire amenazador que se unía a sus imponentes alturas, ya de por sí difíciles de olvidar. Userhat no les llegaría al hombro, pensó la joven egipcia asombrada. No solía encontrar a nadie que empequeñeciera a su hermano. Los brazos de los gigantescos negros eran gruesos como acacias, y relucían las argollas doradas que llevaban en torno a los bíceps. Terminaban de completar su apariencia los taparrabos de leopardo y las sandalias de cuero blando.

El contraste con el mercader no hacía sino acentuar la grotesca obesidad del mercader. La lujosa túnica blanca y roja que llevaba no alcanzaba a disimular la enorme barriga que los banquetes sin fin y los ríos de cerveza y vino le habían legado. Los anillos relucientes de cada mano nada hacían por mejorar su aspecto. La joven reprimió un gesto de asco al recordar que él había sido uno de los pretendientes que se habían aproximado a su padre con ofertas por ella, como si fuera una vaca lechera.

El obeso comerciante la recibió con los modales obsequiosos habituales, contemplándola con ojos lascivos mientras se mesaba la deshilachada barba de chivo.

Que los dioses te llenen de bendiciones en este precioso día, Akhesa – sus tres papadas temblaron al unísono. Akhesa apartó la mirada de su rostro, centrándola en un tapiz que representaba Egipto; recubría dos tercios de la pared- Cada día más hermosa, más bella que Hathor y más resplandeciente que un amanecer en las Praderas de Occidente. ¿Qué puedo hacer por tí?

Me envía mi madre –le respondió secamente ella, recalcando la última palabra de manera automática- Quiere dos sacos de cebada y cuatro de trigo, y uno de espelta.


Eudet se mesó la barbita de nuevo, contemplándola con aquellos ojos porcinos que brillaban como cuentas.

Caramba. Siete sacos de cereal. –Chasqueó la lengua el comerciante, echándose hacia delante para barrer las monedas desparramadas por encima de la mesa, echándolas a la bolsa. La ató con movimientos diestros, y el saquillo desapareció en las profundidades de su túnica- No es poca cantidad… ¿está preparando una fiesta?

La joven permaneció en silencio, contemplándole con expresión neutra. Como si fuera a darle conversación a aquel tonel de sebo, pensó con rabia, acordándose de las añagazas de Eudet para convencer a su padre de que aceptara el trato por el que le cedería a Akhesa. ¡Le cedería! Aquel pedazo de estiércol pasaba demasiado tiempo entre romanos, si se pensaba que una egipcia iba a doblegarse ante alguien como él, pensó la muchacha, conteniendo las ganas de dar un enérgico pisotón al suelo. Que los latinos vendieran a sus hijas e hijos como vulgares cabezas de ganado; su padre aún respetaba las antiguas tradiciones, gracias a los dioses.

Para ella había sido un placer negarse en la cara del obeso comerciante. Odiaba que su madre la hubiera enviado allí, pero conocía el motivo que impulsaba aquella decisión: Selena siempre decía que esconderse de una situación incómoda aunque necesaria era una cobardía y una negligencia. Y ella no era ni lo uno ni lo otro. Así pues, cruzó los brazos y esperó.

Desgraciadamente para ella, parece que últimamente la gente se afana en celebraciones. – Una sonrisa fugaz cruzó los gruesos labios del comerciante y sus dedos se retorcieron como gusanos obscenos, sobando insistentemente las alhajas que los adornaban- Quizás sea por la proximidad del Festival de Osiris. La cuestión es que los precios han subido, mi deliciosa flor de loto.

Irritada, Akhesa se guardó de decirle dónde se podía meter sus flores de loto. Sabía que esto iba a ocurrir; no había venta sin regateo. Y sin embargo, había esperado que fuera diferente, un deseo inútil nacido de su repugnancia por aquel hombre. Apretó los labios, y se resignó a regatear.

¿Cuánto por cada? –Inquirió, seca.

Siete sestercios por celemín. Teniendo en cuenta que cada saco tiene dos celemines, te saldrá a catorce sestercios el saco, preciosa.

Sin duda estás bromeando. –Le espetó la joven, cruzando los brazos ante ella- ¿Con la calidad de tu grano? Te doy tres sestercios… por cada saco.

El comerciante abrió desmesuradamente los ojos… hasta que pareció que tenían un tamaño normal, esto es. Acostumbrado a regatear constantemente, nunca hubiera creído que aquella mocosa que había tenido la osadía de rechazarle pudiera venir ahora a rebatirle en su propia tienda. Su rostro enrojeció, y cruzó los dedos al tiempo que refrenaba su lengua. No podía enemistarse con Didia, no sería bueno para los negocios. Tragándose la rabia y los insultos, compuso una sonrisa desagradable y contraatacó con otra oferta.

Doce sestercios el saco, de acuerdo… porque tu belleza ilumina mi tienda como el mismo carro dorado de Apolo.

No es mi belleza la que te pago –Ella sonrió interiormente. Ya había supuesto que no se atrevería a desairarla- sino tu grano. Mi precio creo recordar que eran tres. Por saco.

Diez el saco. Diez, por la calidad de los objetos de tu padre y mi aprecio por él, y ya estoy siendo demasiado benevolente. –Gesticuló furiosamente el mercader- No vayas diciendo por ahí que me has sacado estos precios, te lo ruego…

Desde luego que no, porque no voy a pagarlos. Viendo que el negocio te va tan ajustado que te da miedo que otros mercaderes se pudieran reír de tus precios, te ofrezco cuatro sestercios.

El obeso mercader reprimió las ganas de levantarse y cruzarle la cara. ¡Semejante desfachatez! Agitado, se manoseó las manos mientras jugueteaba con los anillos. Algún día se las haría pagar todas juntas, a la muy fulana.

Ocho sestercios. –Esta vez no había halagos. Los ojillos del hombre relucían con ladina expresión, y a Akhesa no le gustaba nada la expresión que veía en su rostro.

Sintiéndose tremendamente incómoda, Akhesa cambió el peso de un pie al otro. Estaba tentada de aceptar el precio, a pesar de que sabía que le estaban estafando: el celemín de trigo se pagaba a tres sestercios. Pero le desagradaba demasiado la presencia de Eudet. No obstante, su debilidad indicaba cobardía. Y quizás la próxima vez él se creciera ante ella, sentando así los precedentes de una dinámica que no le gustaba en absoluto. Así pues, la muchacha endureció la expresión y sacudió la negra cabellera, resuelta a no perder.

Creo que vas acertando con el precio, si has dicho cinco. Eso me lo puedo pensar.

¡Por la gracia de Juno y Apolo! ¡Me arruinarás, muchacha! –Clamó el mercader, afinando su voz en un gemido plañidero- ¿Cómo puedes ser tan cruel? ¡Tengo que mantener mi familia! ¿Cómo sobreviviré si todos me hicieran dejar tan bajos mis precios? ¿Acaso crees…?

La joven se había hartado de aquella situación. Avanzando con rapidez, soltó un pequeño saco de cuero sobre la mesa con brusquedad. El golpe metálico sobresaltó al mercader e hizo que los gigantescos kushitas posaran la mano en las cimitarras. Ella sabía que no le habían quitado el ojo de encima, y eso le intimidaba. Pero no se dejaría avasallar.

Esto es Kem, Eudet. Jura por Isis y Horus. – Le espetó, con voz fría y el desprecio en la voz. El carácter que sus padres le habían legado aunaba dulzura y firmeza, y ya se había cansado de la situación. Era el momento de dejar las cosas claras- Jura por Osiris y su juicio en el Du’At cuando llegues allí. En cuanto a tu familia, aparta un poco de la comida que te sobre en el plato y no deberás preocuparte más por ellos, estoy segura. Aquí hay cuarenta y dos sestercios, seis sestercios por saco. Acéptalo o déjalo.

La mirada que le dirigió el mercader estaba llena de veneno. No por el precio, sino por el hecho de que le estuviera plantando cara, Akhesa lo sabía bien. Había reaccionado de manera similar cuando ella se había negado a casarse con él. Sus miradas se cruzaron, y permanecieron así durante unos tensos momentos. Al final, el sentido común jugó a favor de ella, y Eudet se echó hacia atrás, con la bolsa bien aferrada en la mano. Por un momento, Akhesa lamentó no haberle presionado más. Estaba segura de que podría haberle sacado un precio más bajo, si hubiera hecho un poco de teatro. Sus lágrimas tenían un efecto bastante contundente entre los hombres. Pero no, se dijo, apretando los labios. Aquel hombre no atesoraría ni uno de sus ruegos, fingidos o reales. Jamás.

Así pues, asintió con gesto seco, y se dio la vuelta.

Ya sabes dónde vivo –le espetó- Que tus muchachos me traigan los sacos antes del mediodía.

Y salió.

A sus espaldas, Eudet aferraba el saquillo con tanta fuerza que los nudillos se le habían quedado blancos. Hizo un gesto furioso a uno de los dos enormes negros. El esclavo le miró, con una pregunta escrita en sus insondables ojos negros. El mercader asintió con brusquedad.

El primer paso del camino

Posted in Apollonos Superioris, Desierto, Didia, Mundo de Tinieblas, Seker Tenem, Userhat, Vampiro: El Réquiem, WoD on 03/12/2010 by Phersus

¡Pero Nyab tiene un vestido de lino plisado de verdad para su muñeca! –Berreó su hermana Uabet, pataleando con indignación en el suelo- ¡Y yo quiero otro!

– Nyab puede tener lo que le dé la gana, si sus padres la malcrian de esa manera. –La amonestó Selena, sin descuidar las raciones de pescado seco y dátiles que con diestra mano maternal estaba preparando para la cena- Tú, como hasta el momento eres hija mía, no.

Pero, ¿porqué? –Chilló la niña en pleno berrinche.

Basta, Uabet. –La voz de su padre frenó hasta cierto punto sus demostraciones de enfado. Didia no era remiso a sacar a pasear la mano en caso de necesidad, algo que las posaderas de sus hijos sabían bien- Es una tontería comprarle algo tan caro a un juguete que arrastráis por el suelo y dejáis abandonado por cualquier lado.

¡Yo a Tiy no la dejo en ningún lado! –protestó la pequeña, enrojeciendo de pura indignación.

Ya podrías. –La intervención de la hermana mayor era lo que faltaba, pensó Userhat, silencioso espectador de la escena familiar. Si Akhesa se ponía de parte de sus padres, Uabet se indignaría hasta más no poder, sólo porque la mayor lo hacía para picarla. Y Akhesa lo sabía bien, sin siquiera molestarse en disimular la sonrisa pícara que le adornaba los labios- Ese trasto es tan viejo que se cae a cachos.

El berrinche de Uabet aumentó hasta proporciones de khamsin, como Userhat esperaba, y no arreció hasta que su padre zanjó el tema con autoridad y puso a cada una en su sitio. Observando los pucheros de Uabet y las sonrisillas pícaras que Akhesa le lanzaba, Userhat sintió una profunda congoja.

Se iba.

Se iba, y no sabía si volvería vivo, por mucho que Manarés hablara de entrenamientos. Quizás no las volviera a ver. Los ojos le escocían en su esfuerzo por no derramar las lágrimas que pugnaban por salir. Había decidido que no diría nada a nadie, ni siquiera a su padre. Disfrutaría de su compañía por aquella noche, y por la mañana encontrarían una nota de despedida sobre su esterilla, con el pergamino de Manarés al lado. Algo sencillo, sosegado en el tono y breve. Algo como…

Sin duda era lo mejor. Era egoísta por su parte no darles la oportunidad de despedirse de él con conciencia de ello, pero no quería llevarse recuerdos de lágrimas y miedo. Quería una imagen normal, una imagen de la normalidad y la felicidad sencilla de que habían disfrutado.

Y mientras así cavilaba, la cena acabó, y la familia se aplicó ya a recoger la escasa vajilla, que sería lavada al día siguiente en el Nilo por Selena, Akhesa y Uabet. Imaginándose la plácida escena, bucólicamente añadiendo a Merikara con sus hermanas jugando en el agua a poca distancia, Userhat sintió cómo se le encogía el corazón.

Userhat, ¿te ocurre algo? –Su madre, con un plato de barro en la mano, le examinaba con preocupación- Tienes los ojos enrojecidos.

El joven coloso se dijo que amaba cada arruga de su rostro aún bello, cada pelo de su melena, cada castigo que le había puesto y bofetada que le había dado. Y a su padre. Y a sus hermanas. Los quería a todos. Carraspeando para pasar el nudo que se le había formado en la garganta, el joven evitó la mirada inquisitiva de sus padres y se puso en pie con movimientos torpes.

Na- nada, debo de habérmelos restregado sin darme cuenta –mintió torpemente. Antes de que llegaran nuevas preguntas, añadió apresuradamente- Me voy a la cama, estoy destrozado.

Descansa, hijo –le recomendó su padre, escrutándole el rostro con preocupación bien fundada. Sabía por donde discurrían los pensamientos de su hijo en líneas generales, pero no podía hacer nada ante Selena y sus hijas; no quería preocuparlas innecesariamente. La charla tendría que esperar a mañana- Últimamente pasas mucho tiempo en el taller. No es necesario apresurarse con el encargo, vamos perfectamente en horario. No te apresures en levantarte mañana ¿de acuerdo?

Gracias, papá.

¿Papá? –Replicó su madre, divertida- ¡Hacía años que no le llamabas papá!

La mirada de Didia le indicó que el detalle no le había pasado inadvertido, y la sospecha dibujó arrugas en la frente del maestro carpintero. El joven compuso torpemente una sonrisa, y se encogió de hombros.

El sueño, que me hace decir tonterías –Besó a sus padres y luego a sus hermanas, revolviendo con cariño el pelo de Uabet y acariciando con ternura la cara de Akhesa- Descansad bien, que los ancestros velen por vuestros sueños.

De nuevo, la familia intercambió miradas de extrañeza. Qué solemne estaba Userhat aquella noche. Observando que bien podía comprometer su intención el quedarse más tiempo, el joven coloso se excusó y huyó escaleras arriba. No pasó mucho antes de que Didia apareciera en la habitación. Userhat, tumbado en la cama, suspiró quedamente.

Hijo mío –el tono quedo del padre se confundía con las voces que llegaban del piso de abajo. Userhat giró levemente le cabeza- Saldremos de esta. Lo juro por Horus. Hallaremos la manera; no desesperes.

El joven coloso asintió en silencio, incapaz de hablar. Su padre permaneció en el umbral unos momentos más, y después le deseó buenas noches y salió.

(…)

Faltaban pocas horas para el amanecer cuando una figura furtiva salió por la puerta de la casa familiar, pesadamente cargada. Userhat se escabullía como un ladrón en la noche, alejándose de su familia. La breve nota descansaba sobre su esterilla, pero era consciente de que aquel gesto efímero no arreglaba nada. Dejaba muchas cosas sin decir, muchos momentos por completar a sus espaldas.

No podía hacer lo mismo con Merikara.

Mucho había pensado en ello, sabiendo que lo juicioso era mantenerse apartado de ella. Pero la noche había sido larga, y el sueño esquivo. Y en la oscuridad, la posibilidad de no volver a verla se le hizo completamente insoportable. Sus pasos le llevaron veloces, atravesando el barrio obrero con facilidad. No hubo perros que aullaran a su paso, ni gatos que le contemplaran con mirada siniestra.

Caminaba sintiendo que su pecho se quebraba en mil pedazos.

Caminaba acompañado del opresivo silencio de los aterrorizados.

Caminaba desesperado, intentando encontrar una manera de explicarle lo que ocurría a Merikara: ¿cómo explicar al corazón la ausencia de la amada? Era como pedirle al padre Nilo que dejara de fluir. Userhat era consciente de ello, y a la postre, el camino se le hizo demasiado corto para que hubiera encontrado la prosa adecuada: la fachada de la casa de Sedjem se alzaba ante él. Era gemela de la suya propia; los mismos escalones de subida, el mismo encalado cuidado, la misma disposición de ventanas. Quizás las únicas diferencias fueran la ausencia de taller y el tamaño ligeramente mayor de la casa de Sedjem. La oscuridad de las ventanas parecía contemplarle, hosca y siniestra. No se le quería allí. O quizás fuera que estaba dejando que su propio estado de ánimo ensombreciera la realidad. Inquieto e indeciso, cambió el peso de un pie a otro.

“Merikara, mi amor. No, no preguntes qué hago aquí a estas horas, tan sólo escúchame…”

No, mal comienzo.

“Merikara, mi niña. No puedo explicártelo ahora, pero debo marcharme…”

Peor aún, sonaba a excusa barata; a que la hubiera traicionado, o peor. Después de la escena que habían presenciado entre los papiros de su padre, quizás ella creería que le habían cogido y que le iban a matar. Cosa que quizás no se apartase demasiado de la verdad, por otra parte… irritado, desechó violentamente aquellos pensamientos que a nada le conducían.

Intentó recomenzar. Mentir quizás le daría mejor resultado.

“Mi dulce Hathor, voy a ausentarme unos días; llega un cargamento de madera a Kom Ombo…”

¡Inútil, por la sangre de Osiris!

Tan pronto contemplara su rostro desencajado, ella se daría cuenta de la falacia. No podía obligarse a mentirla. ¡No podía! Angustiado, se pasó el dorso de la mano por la boca. ¿Y de qué manera podría explicarle su presencia allí a aquellas horas, aquella despedida, sin mentirla ni decirle la verdad por completo?

El viento cálido y seco del desierto tironeó con dedos hambrientos de su capa, siniestro recordatorio de su destino. No por primera vez sintió el helado roce del miedo recorriendo su columna vertebral al pensar en los demonios que poblaban aquel paraje rojo e indómito, tierra de Seth. Que el guía que le llevara a él fuera un adepto del dios no le suponía demasiado alivio: ¿quién podría confiar por completo en la voluntad del tenebroso dios que portaba la insignia de la Potencia? La suya era la fuerza desatada de las tormentas, la furia infinita. Ni su propio hermano Osiris había estado a salvo de él… el egipcio se dio cuenta de que su mente divagaba, aferrándose a cualquier excusa para distraerlo de su principal preocupación en aquel momento: Merikara.

Elevó de nuevo la mirada hacia la silente figura de la casa. La contempló con anhelo, con voracidad, como si fuera la construcción y no la muchacha que dentro dormía el objeto de su desesperado amor. Al cabo, suspiró y sus hombros se encorvaron, vencidos. La verdad a la que había cerrado los ojos era que estar allí, acudir con la intención de verla, era una insensatez. Una verdadera locura. Si no estaba en el punto de mira de Manarés ya, contarle el verdadero propósito de su viaje terminaría de incluirla en el culto… o entre los enemigos del mismo. No podía arriesgarse a tal situación por el mero deseo egoísta de verla. No podía. Una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla. Una lágrima de adiós.

No podía demorarse más; Manarés le esperaba. Lenta, dolorosamente, dio la espalda a la casa y se internó en el pasadizo de callejuelas.

(…)

El Nilo relucía, cual gigantesca balsa de aceite, bajo la pura luz de la luna. El perfil de las calmas olas del río sagrado se destacaba en plata sobre la negrura aterciopelada de sus aguas y una suave brisa agitaba las palmeras y papiros de la orilla.

Todo era paz.

Manarés y Userhat remaban a la par, dejando atrás la orilla oeste del Nilo y con ella Apollonos Superioris. La ciudad dormía, plácida e ignorante de las sombras que se arrastraban bajo ella. Y Userhat no podía sino pensar en Merikara. Sólo ella. El recuerdo de sus ojos azules velaban los suyos propios, atesorando cada pensamiento, cada latido del muchacho.

Así, con la mente y alma de Userhat viajando en sentido contrario a su cuerpo, atravesaron el río, y se internaron en el follaje de la orilla contraria. Userhat, saliendo lentamente de sus ensoñaciones, vagó por un mundo definido por negros tallos y susurrantes hojas que sólo recobraban color en la más inmediata proximidad de la antorcha que el joven coloso llevaba en su diestra.

Repentinamente, la mano extendida de Manarés le frenó al tiempo que se oía un profundo siseo procedente de una grieta escondida entre el follaje que a la deficiente luz del fuego había pasado desapercibida. Una forma sinuosa se retorció en la entrada de la madriguera, escamas negras reluciendo con un brillo casi húmedo y una lengua bífida agitándose en el aire. Una cobra.

Cuidado. – Le amonestó mientras ambos bordeaban la madriguera de la letal serpiente con infinitas precauciones- No puedo andar siempre detrás de ti, vigilando cada pasito que das, ¿de acuerdo?

El sobresalto comenzaba a remitir, reemplazado por el rencor. Por Horus, cómo deseaba golpear con la tea la nuca del judío. Pero no se hacía ilusiones de lo que podría conseguir no obstante su fuerza, pues el brutal golpe con la puerta trasera del almacén y la manera milagrosa de recuperarse del hombre todavía estaban bien presente en sus recuerdos. Y no creía que Manarés fuera a pasar por alto otro ataque, desde luego. Así las cosas, se contentó con lanzar una mirada asesina al judío, y continuó tras él sumido en un silencio hosco. La sensación de que había algo que se le escapaba era persistente. Y entonces cayó en la cuenta y sintió un escalofrío deslizándose por su columna: ¿dónde estaba la antorcha del semita? Se movía en la oscuridad casi completa con agilidad y destreza, esquivando depresiones y rocas, ramas y tocones, sin iluminación alguna.

Intrigado, probó a poner la antorcha más a sus espaldas, evitando el resplandor directo del fuego. No es que viera mucho mejor; tener el fuego fuera de su línea directa de visión era práctico porque no le deslumbraba, pero las llamas atenuadas que Manarés había insistido en que llevaran casi no llegaban a iluminar las rocas y obstáculos del suelo. Bueno, de todas formas parecía que comenzaba a habituarse… y entonces su pie encontró por voluntad propia un socavón y le hizo dar un traspié, lanzándole contra Manarés.

Pero, ¿qué demonios? –Se revolvió el semita, maldiciendo con furioso susurro. La tea había caído al suelo, y Manarés torció el gesto al mirarla de forma involuntaria; cerrando fuertemente los ojos, gesticuló hacia ella- ¡Recoge la antorcha, por Seth! –Se inclinó hacia un lado parpadeando furiosamente, como si la tenue luz de la antorcha le hubiera deslumbrado- ¡Y basta de estupideces, aún no estamos fuera del perímetro de ruta de las patrullas romanas!

¿Aquí? –Contestó en el mismo tono susurrante- Estamos en la otra orilla del Nilo…

El judío le cortó con un gesto brusco, escudriñando la vegetación en torno a ellos. No había demasiado que ver; los altos tallos de papiros formaban una pantalla impenetrable a pocos metros de ellos. Pero el silencio seguía siendo absoluto. Y así continuaron, atravesando la estrecha franja de vegetación que servía de amortiguador entre el Nilo y el desierto.

Era un cambio extremo en tan sólo unos cuantos estadios: en el desierto no hay rítmico suceder de las estaciones, ni subidas y descensos de la savia. Sólo desnudos eriales, hasta donde le alcanzaba la vista. A sus espaldas, el verdeante regazo del Nilo. Delante, arena y rocas, vientos y espíritus malignos.

Userhat sintió un nuevo escalofrío, no sólo causado por el beso helado de la brisa que hacía ondear sus túnicas: el desierto no estaba hecho para el hombre por las noches. Tierra desnuda e implacable, nada sabía de suavidad y facilidades; sólo unas cuantas tribus dispersas de beduinos osaban vivir en aquel paraje. Su paso dejaba piedras tiznadas por el fuego en los lugares de acampada, efímeros senderos apenas visibles entre las rocas. En todo lo demás, el viento barría sus pisadas, igual que erosionaba toda señal de vida. De la misma manera que devoraría su rastro cuando llegase el amanecer que convertiría las llanuras pedregosas en un horno mortal.

Este era el terrible dominio de Seth.

Y a pesar de todo, Userhat siempre había sentido fascinación por el desierto, pues esta tierra cruel tenía un hechizo que complementaba a la perfección la exuberancia del Nilo. Su embrujo, empero, nunca le había hecho aventurarse hasta las profundidades que Manarés parecía proponerse alcanzar. Caminaba a grandes trancos hacia el este, con decisión implacable, envuelto en un silencio impenetrable, ominoso. Internándose más y más en el desierto. Userhat se arrebujó aún más en su túnica, completamente insuficiente, y frotándose alternativamente los brazos en un intento de entrar en calor mientras le seguía.

Harías mejor en frotarte el pecho. –Le dijo el judío, sobresaltándole. Ni siquiera se había dado la vuelta para mirarle y ver lo que estaba haciendo- Tus brazos se cuidarán solos.

Userhat masculló una sarta de maldiciones acerca de la familia del judío, y continuó caminando tras la figura encapuchada que era Manarés. Pero su mano izquierda dejó de frotar su brazo derecho para concentrarse en la zona de los pectorales.

Y así, la oscuridad, el erial y el viento engulleron las siluetas de los dos viajeros.

 

Nacer a las obligaciones de la fe

Posted in Apollonos Superioris, Manares, Seker Tenem, Userhat, Vampiro: El Réquiem on 23/11/2010 by Phersus

Las nubes ardían, derramando ríos de sangre y oro sobre el sol poniente; desde el desierto llegaba una brisa cálida y seca que sacudía el púrpura de las banderas del Templo de Horus y la blancura de las ropas tendidas al viento por igual. La oscuridad se deslizaba por el suelo y los muros con silenciosos pies de negro y azul, avanzando a grandes trancos conforme el sol se hundía en pos del periplo que le esperaba en el Otro Mundo.

Rojo y azul, negro y blanco, verde y marrón, dorado y plateado.

El mundo estaba creado a colores y texturas en el lienzo que pintan los dioses, caviló Userhat, con la mirada perdida en el sol agonizante. Observando cómo la oscuridad devoraba grandes pedazos de los muros de las casas y las callejuelas, se reafirmó en la creencia de que la noche no podía ser sino un aviso, un preludio del fin de los tiempos. Al final no existirían ni los colores ni las texturas. Un escalofrío recorrió veloz su espalda, y el joven coloso sacudió la cabeza molesto; últimamente pensaba demasiado en lo que no debía. Habían pasado dos días desde que saliera a trompicones de aquella cámara de horror emplazada bajo el Templo, dos días de miedo e inquietud. Siempre esperando escuchar los pasos de Manarés a su espalda, tenso como la cuerda de un arco.

“Basta –se dijo con firmeza- Hay trabajo que hacer”.

Así pues, mojó las cerdas del pincel en el rojo de la paleta que tenía a su izquierda y alejando con firmeza el recuerdo de la sangre del legionario, se inclinó sobre el baúl de mopane. Extendió la pasta, compuesta de óxido y grasa, sobre la madera con movimientos rápidos y precisos, repasando los bordes de las plumas de las negras alas de buitre de la diosa Nekhbet, que presidía la tapa del baúl.

Rojo, desher, un apropiado toque final simbolizando la potencia de la diosa que sostenía el shen, símbolo de la eternidad, en cada garra.

Y negro, kem, por la resurrección, como el Osiris redivivo que reinaba en el Du-At. Negro del mismo tono que se iba tiñendo el cielo, con apenas un breve anuncio añil de la oscuridad que se arremolinaba entre las estrellas. Esa misma oscuridad que asaltaba Apollonos Superioris y el mundo había extendido sus alas sobre el corazón de Userhat, manteniéndolo obsesivamente centrado en el trabajo de la madera.

Alejado de todos, incluso de Merikara.

En medio de toda la confusión y el miedo, la repulsiva sensación de sentirse de alguna manera corrupto por haber participado en los sacramentos de la sacerdotisa y la culpabilidad por el extraño impulso que le llevaba a veces a desear encontrarse de nuevo en aquella cámara se mezclaban en su alma, manteniéndole alejado de ella. Y por supuesto, temía involucrarla más en todo aquello. No pasaría mucho tiempo, empero, antes de que ella viniera a verle al taller, o que le enviara un mensaje a través de Akhesa. ¿Qué haría entonces? Que la dulce Hathor le ayudase, pues no estaba seguro de poder apartarse de ella. La añoranza y la angustia hicieron presa en su garganta, oprimiéndola y haciéndole tragar saliva. Se sentía perdido sin Merikara, y sólo plantearse la posibilidad de no volver a verla le quemaba por dentro. Sobresaltado, sintió el tacto cálido y húmedo de una lágrima deslizándose por su mejilla.

Qué ven mis ojos. –La odiada voz de Manarés, preñada de sarcasmo, le sobresaltó, haciéndole soltar el pincel- Lágrimas de león. Debo de ser el primero que presencia un acontecimiento tal.

En el umbral de la puerta, a sus espaldas, se erguía la familiar figura del semita, con sus engañosos aires de humildad y flaqueza. Una barba rala y parcheada le cubría la delgada cara, dándole un aspecto desaseado y famélico. Los brazos delgados cruzados ante el pecho y la sonrisa torcida completaban la pose. Era la visita que Userhat había temido durante aquellos dos días, y las palabras se le congelaron en la lengua. No deseaba saber qué hacía allí.

¿Se te ha comido la lengua el gato, muchacho? –Se chanceó el judío, entrando en el taller y moviéndose entre las herramientas y maderas con semblante pensativo. Ante el silencio del egipcio, el otro torció aún más la sonrisa- Quizás es que no soy bien recibido. –La sonrisa desapareció- Y sin embargo, ahora somos hermanos de fe.

Aquellas últimas palabras no transmitían ironía o sarcasmo, y Userhat receló aún más. Poniéndose en pie, dejó que su estatura le irguiera sobre el otro y cuadró los hombros, intentando alejar la sensación de vulnerabilidad que sentía siempre que se encontraba delante del judío.

¿Qué quieres de mí?

Manarés detuvo su deambular, y se volvió hacia él. No parecía impresionado o incómodo en lo más mínimo a causa de la estatura de Userhat.

– Instruirte, querido hermano. ¿Recuerdas nuestra conversación al respecto? –Respondió mientras cruzaba parsimoniosamente las manos a la altura de la cintura. Había cambiado completamente de actitud, y parecía intentar mostrarse como un padre benévolo y comprensivo. Si esa era su intención, en lo que respectaba a Userhat estaba fracasando miserablemente- Como sacerdote más experimentado del culto que ahora nos une –prosiguió- tengo la obligación y el… privilegio… de ayudar a los nuevos miembros a tomar conciencia de las posibilidades que se encuentran a su alcance al entrar en nuestra pequeña familia.

Había algo decididamente siniestro en aquel pequeño discurso, teniendo como Userhat tenía en mente la imagen de la sacerdotisa hundiendo los dientes en el cuello de un hombre como un perro haría con una liebre. El joven coloso reprimió un escalofrío.

¿Haces lo mismo por todos los nuevos hermanos? –Preguntó Userhat. Lo dudaba mucho. No era la primera vez que se preguntaba qué querían de él.

A requerimiento, hermano, a requerimiento.

¿De qué?

De… la situación. Pero dejemos las charlas para otro momento. ¿Acaso no te alegras de verme? – La expresión de Userhat hizo que los dientes del judío relampaguearan brevemente en su rostro enjuto, y dejó caer la máscara de padre piadoso. El tono cambio, pasando a ser imperativo- Es la hora de comenzar tu educación, y este no es buen lugar para ello.

¿Qué?

– Te reunirás conmigo dentro de dos horas, en pozo del camino de las Eras de Eudet.

¿Qué? –Repitió, bloqueado.

¿No sabes decir otra cosa?

Esto es ridículo. – Bufó el joven, cruzando los fuertes brazos a la altura del pecho- No pienso irme a ninguna parte, y menos contigo.

El judío calibró tranquilamente el grosor de aquellos enormes antebrazos, y le dedicó una mirada relajada.

¿Es que no podemos terminar una conversación sin que tus hermanas salgan en ella?

El consiguiente “¿qué?” de Userhat no llegó a cruzar sus labios. Comprendía perfectamente la amenaza implícita, y apretó los puños con rabia, completamente consciente de la futilidad del gesto y de la resistencia que oponía. Si Manarés deseaba llevarle con él, así sería, sin siquiera necesidad de amenazar a sus hermanas.

¿Acaso no es sospechoso que el hijo del carpintero se marche con un sirviente judío? –preguntó remarcando la última palabra. El otro le miró como a un retrasado mental.

Por eso marcharemos de noche. –Sacó un pliegue de pergamino de la túnica- Aquí está la razón de tu viaje. Una nueva entrega de tamarindo, que llegará al Templo de Kom Ombo la próxima semana.

¿Kom Ombo? –Preguntó incrédulo el joven- ¡Pero eso está… a más de 300 estadios de Apollinópolis Magna! ¿Y desde cuando mi padre recibe encargos de los sacerdotes de Sobek y Haroeris?

No seas tan curioso. Y tienes razón, por cierto; está aproximadamente a 352 estadios. Más tiempo para nosotros; nadie esperará tu vuelta antes de seis días… los sacerdotes son unos verdaderos maestros en el regateo, así que podremos doblar el periodo sin problemas, con el pretexto de rebajar el precio con algunos trabajos en el Templo de Sobek. Para ayudarte con ello me llevarás a mí, que supuestamente aprovecharé además para llevar a cabo ciertas empresas que mi señor Afer tiene inacabadas en Kom Ombo. – Una sonrisa maliciosa aleteó en sus labios-Está todo bien atado, como ves.

¿Y no temes que nos relacionen? –Discurrió Userhat a marchas forzadas, aferrándose a su última oportunidad.

Este documento no es para que tu padre lo vaya aireando. Es un recurso en caso de necesidad; si lo muestra, otros serán avisados de ponerse en marcha para cubrirnos. No debes de preocuparte más por los detalles. De lo que debes preocuparte es de coger una túnica recia, clara y de buena calidad. Sandalias de suela gruesa, y varios pellejos de agua. No escatimes con las provisiones… pero lleva carne o pescado seco, no en salazón, porque partimos hacia el desierto. Ponte en marcha, recuerda que partimos dentro de dos horas.

Y con estas palabras se encaminó hacia la puerta. En el umbral, paró y miró hacia atrás. Su voz fue puro hierro al añadir:

Egipcio.

Userhat le miró, y el otro le sostuvo la mirada con intensidad.

– Por tu bien. No me hagas esperar.

Y salió, dejando al joven coloso completamente silencioso, sentado en medio del taller en penumbras. A sus pies, gastada y solitaria figura de madera, yacía el pincel con las cerdas empapadas de pintura roja envuelta en serrín y suciedad.

Veremos la luz

Posted in Apollonos Superioris, Didia, Mundo de Tinieblas, Seker Tenem, Userhat, Vampiro: El Réquiem on 22/11/2010 by Phersus

La llegada a casa no le planteó dificultades. Apollonos Superioris dormía plácida, y únicamente en las cercanías del emplazamiento del campamento romano alcanzó Userhat a vislumbrar siluetas con paso marcial. Se escabulló por las callejuelas, furtivo como un devorador de sombras tras llevar a cabo su siniestra misión, sintiéndose completamente miserable.

El miedo competía con el horror.

En cada desconchado de las paredes de las casas, en cada túnica ondeante en las terrazas, en cada eco en el dédalo de pasajes que era el barrio obrero adivinaba la presencia de la sacerdotisa y temblaba, convencido de que iba tras él.

Aunque lo peor es que sabía que no era así; no era necesario. Nunca lo sería.

Akhesa y toda su familia lo ataban bien corto a… aquel monstruo. Estremecido de pavor, recordó cómo los colmillos habían destrozado la garganta de Secundus. ¿Qué era la sacerdotisa? Debía ser un demonio de Seth. Tenía que serlo. ¿Qué si no? Le pareció recordar una antigua leyenda. Hablaba de sombras que se levantaban cada vez que Ra era desterrado del cielo. Servidoras de Apep, de la misma manera que la serpiente intentaba devorar el sol, ellas intentaban devorar las estrellas, que eran las almas de difuntos especialmente poderosos y otras potencias místicas. Pero no parecía ser aquello: la mujer-monstruo no estaba hambrienta de luz, sino sedienta de sangre… como había presenciado él demasiado bien.

Un sonido le puso alerta de nuevo; el cabello de la nuca se le erizó y miró hacia atrás, escudriñando las sombras con aprensión. Nada. Sólo era el susurro de la brisa.

Jamás se había alegrado tanto de llegar a casa.

Entró con sigilo, y una tenue luz le atrajo hasta la cocina. Allí estaba Didia, derrumbado sobre un taburete con la única compañía de una vela. Las lágrimas le corrían por el rostro, y parecía haber envejecido años en aquella noche.

– … padre…

El artesano alzó la cabeza, incrédulo, y la mirada se le iluminó como si hubiera amanecido dentro de sus iris. Levantándose de inmediato, se plantó ante su hijo de dos zancadas, y le tomó de los brazos con una fuerza vehemente que casi hacía daño. Userhat le devolvió el abrazo, aferrándose a la realidad que representaba la figura de su padre.

Hijo mío –susurró con voz quebrada- hijo mío…

El maestro artesano estalló en sollozos, incoherentemente hablando de cómo no había podido evitar los mandatos de la sacerdotisa, preguntándole que le habían hecho, palpándole la cara y las manos sin cesar.

Padre...

El joven estaba conmocionado. Para él, su padre siempre había sido de hierro. Jamás cedía a la frustración, nunca le había visto llorar hasta que había comenzado aquel nefasto capítulo de sus vidas. Tenía que ser fuerte por todos. Así pues, mintió. Ocultó que había bebido la sangre de la latina, ocultó el horrendo festín de la sacerdotisa. Poco a poco, empero, Didia fue recuperando la compostura. Las preguntas del egipcio eran sagaces, y no obstante las reticencias de Userhat, Didia finalmente sacó más en claro de lo que le habría gustado.

Pero así como Userhat se esforzaba en mantenerse firme, Didia se propuso hacer lo propio. Se sentía orgulloso de su hijo. Y aún no le había perdido, aún no hablaba de aquella latina con el tono ausente y la expresión melancólica de Sedjem. Más aún, no conocía hechizo que la intercesión de Horus y la muerte del conjurador no quebraran… Didia se juró que conseguiría que Userhat se viera liberado del lazo con la sacerdotisa, y escondió su voto a su hijo. Acarreara lo que acarrease, Didia había de ver liberado a su primogénito.

Padre... –Habló Userhat, mirando los ojos ausentes de su padre-Manarés vendrá a buscarme dentro de poco. Me ha dicho que no me ausente, pues ha mencionado algo acerca de… entrenarme.

– ¿Entrenarte? ¿O iniciarte en las virtudes de la comunión? –La voz del maestro ebanista era una mezcla de dolor y rabia.

El joven coloso se sobresaltó. Su padre le había descubierto pues. Bajó la mirada, aceptando el mudo reproche que creía que contenían las palabras de su padre.

Eso creo, padre. Lo siento. No era mi intención…

Didia agitó la mano, y la posó en el fornido hombro de su hijo. Sabía que si el joven se hubiera negado a compartir el “don” de la sacerdotisa, hubiera muerto de fiebres o hubiera muerto a manos de Manarés, o de ella misma. No había tenido otra opción.

No te disculpes, mi muchacho. Enorgulleces a este viejo cansado, sacrificándote como lo haces por tu madre y tus hermanas. Pero no estás solo en esto, ni nunca lo estarás. Lucharemos juntos, y venceremos. –La mirada de su padre buscó la de su hijo, y el maestro carpintero se las arregló para componer una sonrisa- Veremos la luz, Userhat. Te lo juro por las alas del Halcón. Ahora ve a dormir. Ve.

Userhat subió las escaleras, y Didia fue a arrodillarse ante los bustos de calcáreo de Ptah y Hathor, buscando guía divina.

– Escúchame, prudente Ptah. –Comenzó, rozando reverentemente la base del primer busto con los dedos índice y corazón- Oh divino escriba, tú que nos otorgaste el regalo de los jeroglíficos y te revelaste a los hombres en esta tierra. Hat-Ka-Ptah, la proclamaste, y la bendijiste uniéndola así a ti. Otórgame sabiduría para discernir el camino correcto. –Luego se dirigió hacia la otra escultura, depositando un beso liviano en la parte inferior- Vuelve tus ojos a mí, divina Hathor. La más amada de los dioses, tú que nos enseñas a traspasar nuestros límites en la unión de dos corazones, vela por mi familia con amor y la protección de una madre. Protege a esta Ta-Meri, y ayúdame a no flaquear por ellos. –Finalmente, se apartó de ellos, y permaneciendo con la rodilla hincada en el suelo alzó ambas manos- Horus. A ti clamo, Gran Halcón, en esta hora de necesidad. Dios del viento, de la luz. Divino hijo, rey poderoso, señor de Ta-Nutri. Escucha a tu siervo, y guía su mano con tu vista certera. Bendice mi valor, y multiplícalo en la necesidad. Hazme incansable en mi determinación.

Sacaría a su familia de aquello. Lo juró tres veces.

En el piso superior, sobre la esterilla de fibra trenzada que le hacía las veces de cama, Userhat se revolvía sin cesar. Tenía la piel perlada de sudor. El sueño le esquivaba, pues blancos colmillos relampagueaban en la oscuridad cada vez que cerraba los ojos. Notaba el sabor de la sangre en la boca, los oscuros ojos de la latina escudriñándole desde cada sombra. Y la habitación entera estaba en tinieblas…

Aquella noche no hubo descanso para el joven egipcio.

Ejecución

Posted in Achillea, Apollonos Superioris, Manares, Mundo de Tinieblas, Seker Tenem, Userhat, Vampiro: El Réquiem on 16/11/2010 by Phersus

El judío se apresuró a obedecer.

El romano les miró con la misma mirada frenética que Userhat recordaba en las liebres del desierto cuando eran capturadas con vida, apresándolas por las largas orejas. La sacerdotisa se sentó majestuosamente en el trono marmóreo, e hizo un gesto imperioso. Manarés se apresuró a arrastrar al legionario hasta ella. Userhat pensaba extrañado en la inmensa fuerza que el semita había demostrado siempre, y le extrañó que ahora necesitara arrastrarlo por el suelo en lugar de alzarlo en volandas. ¿Estaría prohibido usar los dones de Seth en Su santuario, quizás? ¿O invocar los poderes costaba? Al pensar en el pago que un dios como Seth podría exigir, su alma se estremeció, y resistió con tesón el impulso de hacer la señal de los cuernos de nuevo.

Has irrumpido en una ceremonia sagrada, romano. –Restalló la voz de ella, cortante como un látigo. El hombre se estremeció, y tragó saliva visiblemente.

La figura de la sacerdotisa destacaba poderosamente en el austero asiento de piedra. La piedra roja, que parecía ensangrentada a la luz agonizante de las antorchas, daba paso a las ondas de noche y escarlata que conformaban su túnica. Sinuosas y delicadas, revelaban el secreto de la piel blanca como el alabastro de la servidora del dios.

Yo te digo que por ese sacrilegio nunca volverás a ver la luz del sol, legionario, –Prosiguió, implacable- y que los cuervos te arrancarán los ojos y picotearán tus mejillas putrefactas antes de que tu cuerpo hinchado por la descomposición sea encontrado. No eres sino un muerto que, por un curioso azar, aún no lo sabe. Tu alma clama por el Hades, romano, pero le arrancaré aún unos últimos momentos de agonía en esta vida inicua. Luego serás liberado, para que partas hacia los tormentos que te estén esperando en el inframundo.

La mujer parecía encontrar deleite en pronunciar tan terribles sentencias, y Userhat cayó entonces realmente en la cuenta de que ninguno de los dos era egipcio: una latina se disponía a sacrificar a otro de su misma raza por un dios que no era el suyo. Tan sinuosa como una de sus serpientes, irguió el torso, clavando sus iris en los del soldado. Ahí estaba de nuevo esa mirada terrible, que parecía clavarse en los ojos del desdichado de una forma casi tangible.

Contestarás a mis preguntas con sinceridad y detalle. –Ordenó.

Contestaré a tus pre... –la respuesta del hombre fue cortada con brusquedad.

Calla. Hablarás sólo cuando yo te lo diga.

El hombre cerró la boca, y Userhat sintió un escalofrío al observar la escena. La mirada del legionario no traslucía el más mínimo gesto de raciocinio o comprensión. Quizás las palizas que le habían propinado antes de presentarlo ante ella y el pánico que había sufrido con las serpientes habían contribuido a que su voluntad se quebrara de forma tan repentina… pero Userhat no lo creía; antes no se había comportado con tal pasividad: aquello tenía que ser el poder de Seth actuando de nuevo. Lo sentía en las entrañas.

El interrogatorio que siguió fue absolutamente escalofriante: Su nombre era Secundus Clovius. Sí, la legión hacía tiempo que sospechaba de un movimiento insurgente. Desde Alejandría llegaban despachos con noticias cada vez más preocupantes, rumores de nuevas rebeliones judías y órdenes. Se estaban llevando a cabo investigaciones sobre esclavos con familiares en la ciudad portuaria por todo el territorio. No, no sabía nada acerca de que Lepidus y Kaeso Valerius Nasica estuvieran, o pudieran estar, asociados a estas redadas. No, no sabía cual era el motivo de su presencia allí. No, aún no estaban siendo investigadas la quinta y la séptima decuria, ni se estaba controlando el Templo de Apollonos Superioris. Había llegado siguiendo a dos de los beduinos que habían asistido, los embozados con telas blancas y rojas; la legión les seguía pues sus respectivas bandas habían atacado ya a varios cargamentos procedentes de las minas… y más y más información. Cuanta ella deseó.

Cuanto más presenciaba, más enfermo se sentía el joven egipcio.

Secundus respondía sin vacilaciones, en un tono átono y muerto que cuadraba a la perfección con aquel rostro apagado. Como si le hubieran arrancado el alma, efectivamente. Como si ella fuera el titiritero que hacía danzar al muñeco con armadura. El joven egipcio habría preferido que se resistiera, que tuvieran que golpearle para sacarle las respuestas, antes que eso. Aquello era una violación en lo más íntimo, una violación del propio alma del romano. Y su temor por la sacerdotisa creció.

A su lado, Manarés permanecía impertérrito.

Aquello continuó hasta que la latina quedó al fin satisfecha.

No había emociones en su rostro o en sus oscuros ojos cuando se reclinó de nuevo sobre el respaldo de piedra del trono. No tamborileó con los dedos sobre la piedra del brazo lateral. No inspiró profundamente. Nada. Sólo se echó hacia atrás con aquella expresión singular, hipnotizando aún al soldado como la cobra hechiza al pájaro antes de engullirlo.

Bien. Parece que de momento no hay motivos de preocupación inmediata. –Y Userhat supo que se dirigía a ellos, aunque no apartó los ojos del romano- Manarés, ya has oído al soldado. Tendrás que ocuparte de bin Hamyar y de bin Kharas.

A Userhat le extrañó el comentario. Debían ser los beduinos, a juzgar por los nombres; pero se le antojaba siniestro aquello de “ocuparse”. Lanzó una mirada fugaz al judío, y se encontró con que un rostro pétreo le devolvía la mirada. Un ligero ademán del judío mostró la daga escondida en las amplias mangas plisadas de su túnica, negra como el alma de Seth. Espantado, el joven coloso abrió los ojos como platos. Había comprendido. Manarés le sostuvo la mirada sin pestañear, y luego volvió su atención a la sacerdotisa de nuevo.

Userhat estaba conmocionado: ¿No eran acaso aquellos los beduinos que se habían quitado el embozo al aparecer ella, los mismos que habían llorado con aquella expresión de felicidad inefable al verla sobre el estrado, al escuchar su voz? ¿Y ella acababa de ordenar su muerte? Por supuesto, cayó en la cuenta; no podía dejar cabos sueltos entre la investigación romana y ella. Era, desde la fría y despiadada posición de la lógica, necesario. Pero aquella abyecta traición le dejó un regusto amargo en la boca. Si esa era la cohesión que podía esperar un nuevo converso de sus hermanos en la fe, poca fraternidad encontraba en el culto.

La voz de ella atrajo su atención de nuevo al drama que se desarrollaba ante él.

La romana se puso en pie pausadamente y asintió a Manarés. Éste avanzó, y con un relampagueo de su daga cortó las ataduras del legionario.

Levántate –Y Secundus se puso en pie sin vacilar.

Userhat se puso en tensión, esperando el momento en que el romano se liberaría del yugo de ella y les atacaría. Aún recordaba la potencia de los legionarios en los campos de Sedjem. Durante un breve momento, los puños demoledores de un Kaeso borracho volvieron a su mente. Tranquilamente, la sacerdotisa puso su mano derecha sobre el hombro del legionario y con la izquierda le cogió del cuello, exponiendo su yugular. Algo siniestro se insinuó en las profundidades de aquellos ojos insondables.

Y entonces gruñó, con el mismo sonido ronco que emitiría un león.

Sorprendido, Userhat apenas alcanzó a entrever los afilados colmillos en que se habían transformado los caninos de la sacerdotisa antes de que se abatieran sobre el soldado y los hincara profundamente en su cuello.

Algo líquido, salado y caliente le salpicó la cara y los labios.

Conmocionado, completamente incapaz de reaccionar, el joven coloso contempló cómo ella mordía más y más profundamente zangoloteando la cabeza con violencia, salpicándolo todo con sangre. Ahora el soldado parecía estar perfectamente consciente. Se debatía, pero parecía incapaz de oponerse a la fuerza de ella, como si no fuera más que un niño pequeño intentando vencer en fuerza a su padre. Y en la periferia de su conciencia, Userhat supo que aquel horrendo borboteo estrangulado que se oía era el grito desesperado de Secundus.

No duró.

El último estertor se le escapó por la garganta desgarrada, y un velo opaco cayó sobre sus ojos, extinguiendo su vida. Su cuerpo se deslizó entre el agarre férreo de la sacerdotisa, y cayó al suelo con sordo impacto.

El seco sonido devolvió a Userhat a su cuerpo. Con los ojos desorbitados, dio dos rápidos pasos atrás antes de darse la vuelta y salir corriendo con un alarido horrorizado. Apenas llegó a los túneles antes de que algo duro le golpeara la cabeza. Y todo fue vacío.

(…)

Sobresaltado, volvió en sí empapado y helado por completo. El agua helada le corría por la cabeza y los hombros, poniéndole la carne de gallina. Una sombra se cernía sobre él, armada… con un cubo.

Definitivamente, cachorro, vamos a tener que trabajar en esa costumbre tuya de salir corriendo a la mínima de cambio.

Aquella voz.

Los recuerdos volvieron rugiendo a su cabeza, y una nueva descarga de adrenalina le tronó en el corazón. Se puso en pie, listo para huir a la menor señal de la sacerdotisa, pero Manarés le retuvo, trabándole los brazos tan rápida y eficazmente que sólo pudo forcejear cuando ya tenía una rodilla en la tierra. De nuevo poseía aquella fuerza descomunal.

No es que no me divierta golpeándome, entiéndeme. –Continuó el judío, pasando completamente por alto los insultos que Userhat le estaba dirigiendo- Pero después de un par de veces se hace cansado. Y después de todo, ahora que voy a entrenarte no necesitaré excusas para pegarte una buena paliza cuando me dé la gana. –Y le pegó un fuerte tirón a Userhat, amenazando con dislocarle el hombro. El joven bramó.- Así que haznos un favor a los dos.

¡… hijo de mil padres sifilíticos, fornicador de chacales rabiosos…! –Las palabras del judío penetraron en su cabeza pese a toda la ofuscación que le embargaba, y le hicieron parpadear y callar durante un momento.- ¿Qué? ¿Qué vas a… qué? ¿Entrenarme? ¿Tú? Me niego a hacer nada que tenga que ver contigo.

Un nuevo tirón llenó su hombro de fuego y espasmos.

No estás en posición de negarte. A nada. Ahora te voy a soltar, tengo trabajo que hacer como para andar perdiendo el tiempo contigo. Haz lo que quieras, pero te advierto que no me contendré si de enseñarte un correctivo se trata. Y ya trabajaremos en lo de blasfemar. Ha sido bastante patético.

El judío se apartó de él, la presión cedió bruscamente, y Userhat contuvo un alarido. Masajeándose el hombro, puso distancia entre él y el semita, y le contempló con odio. Ah, si pudiera devolverle los golpes… Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que ya no estaban en aquellas catacumbas. Se encontraban en la orilla oeste del Nilo, entre los omnipresentes tallos de papiro silvestre que proliferaban corriente arriba con respecto a Apollonos Superioris.

Por si se te pasa por la cabeza huir, como tan propenso a ello estás últimamente, permíteme que te recuerde –un gruñido cortó la amenaza mientras Manarés se acomodaba al hombro el cadáver de Secundus- que ni tu padre, ni tu madre ni tus hermanas pueden correr tan rápido como yo.

¡¿Qué es lo que queréis de mí, por Horus?! –bramó, ofuscado.

– Si tienes la intención de volver a casa esta noche te recomiendo que te sosiegues. Como sigas así vas a llamar la atención de todas las legiones de aquí a Judea. – Dándose la vuelta, Manarés comenzó a internarse entre los tallos, negras varas cimbreantes a la luz de la luna. Su voz se perdía poco a poco entre la maleza- No te vayas a ninguna excursión en un tiempo, muchachito mío. Tú y yo vamos a pasar algún tiempo juntos.

Y con tan ambigua y ominosa promesa flotando en el aire, Userhat se quedó solo.

El río sagrado discurría plácido, su superficie convertida en ondulado espejo de tinta y mercurio a la luz de las estrellas. Las almas de los difuntos, golondrinas con cabezas humanas, tenían que estar ahora bebiendo de sus aguas, recuperando fuerzas para volar con la primera luz del amanecer hacia el sol, hacia las Praderas de Occidente que esperaban a los justos en el Más Allá. Pero él no las veía. Ni quizás pudiera ver nunca las Praderas del Du-At.

Sentía frío. Y con el miedo como magro y entumecedor compañero, tomó el camino de regreso a casa.

A sus espaldas, el Padre Nilo continuaba fluyendo inmutable.

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