Los predilectos

Publicado en Apollonos Superioris, Didia, Manares, Merikara, Mundo de Tinieblas, Sedjem, Seker Tenem, Userhat, Vampiro: El Réquiem, WoD el 23/11/2009 por phersus

Asombrados por el descubrimiento, los dos permanecieron petrificados en el sitio, con sus cabezas intentando aceptar la realidad.

Allí estaban, Didia “El Generoso” y Sedjem “El Codo”, reputado artesano de la madera y justo mercader de cereal, tomando parte en un asesinato.

Anonadado, Userhat tenía la impresión de estar viviendo una terrible pesadilla, y se disponía a avanzar cuando una tercera silueta se interpuso entre ellos y la luz vacilante de las antorchas. Era el último de los encapuchados que habían entrado en la cabaña, que llevaba en la mano el arco que había usado para disparar a Quintus, ahora sin embozo. Visiblemente tembloroso, su apariencia desgarbada y coronilla calva daban la impresión de estar profundamente fuera de contexto, dándole un acentuado aire de estudioso que contrastaba aún más con el arco que sostenía en la mano. Su timbre, suave, traicionaba también su profundo nerviosismo cuando habló en el mismo idioma incomprensible para Userhat.

Didia contestó con una frase escueta, y se pasó la manga por la boca, enjuagándose la sangre que el fuerte puñetazo de Quintus le había dejado en los labios. Luego volvió a hablar, esta vez en latín.

- Nos venían siguiendo. –Afirmó señalando a los cuerpos de los legionarios- Adná se dio cuenta de ello al entrar en los campos.

- ¿Hay más? –Preguntó el padre de Merikara.

- No podemos estar seguros, no sabemos desde cuándo nos seguían. –Replicó- Sin embargo, si estaban de guardia no tardarán en darse cuenta de su desaparición…

- Y comenzarán la batida en cuanto se den cuenta de que faltan dos legionarios. –Terminó el padre de Merikara, asintiendo- Ya veo.

- ¿Qué haremos, entonces? –preguntó el judío portador del arco, atemorizado pero esforzándose en guardar la compostura.

- Ofrecer un sacrificio a vuestro Yavhé y a nuestros dioses, Efraín –replicó Didia, la voz austera y seria. Userhat no era capaz de reconocer en el frío gesto de aquel devorador de sombras al padre que conocía- Las criaturas de Sobek se encargarán de ellos. Mañana por la mañana no quedarán ni los huesos.

- ¿E-estás diciendo que los echemos a los cocodrilos? –el graznido del llamado Efraín mostraba a las claras su agitación. - No es difícil de captar, judío. –Replicó Sedjem secamente, y le clavó la mirada- Para alguien que acaba de disparar a un hombre, te noto muy reacio. Es tu pellejo el que estamos salvando, así que colabora.

- Disparé por necesidad, no por placer. –Respondió el delgado semita con aspereza, y pareció contenerse de decir algo más. En su lugar señaló el cuerpo con la cabeza convertida en un amasijo sanguinolento y añadió con amargura- ¿Y con Adná? ¿También lo reduciremos a carnaza?

- Tranquilidad. –Cortó Didia, poniéndose entre ambos. Al parecer el otro judío no comprendía el latín, o no tenía nada que decir del asunto, pues permaneció en silencio- Si comenzamos a pelear entre nosotros, estaremos acabados. Más nos valdría presentarnos en el campamento y entregarnos sin más. Lo siento, Efraín, de veras que lo siento, -continuó, poniéndole una mano en el hombro- pero no tenemos tiempo para enterrar a Adná. Deberá descansar en el Nilo.

- Casi parece un bonito epitafio, Didia –replicó el otro con tono amargo y quitándose la mano del artesano de encima sin violencia- Ya tenías labia en Alejandría, pero eso no funciona conmigo. Su muerte cae sobre mi conciencia.

Userhat estaba petrificado. ¿Pero, en nombre de todos los dioses egipcios, había llegado a conocer realmente al nombre que llamaba padre? ¿Alejandría? Nunca había sabido que su padre hubiera estado viviendo allí. ¿Cuántos secretos más escondía el respetable ciudadano, el fiel marido, el devoto seguidor de Horus? Cada vez más anonadado, estrechó su abrazo sobre Merikara. El tacto suave y cálido de su cuerpo era lo único que le mantenía anclado en la realidad, enfrentado como estaba a una situación tan irreal. Tan impactada como Userhat por la situación, la joven clavaba los ojos en su padre, incrédula, sus labios estremeciéndose en silenciosa aflicción. Ya los dos egipcios se inclinaban para despojar a los cadáveres de sus armaduras y ropajes mientras los otros dos conspiradores intentaban borrar la sangre y las huellas de la batalla batiendo el barro con hojas de palma y tallos de papiro.

- Gracias les sean dadas a los dioses por la tormenta que nos han enviado. -Comentó en egipcio el padre de Merikara, trabajando sobre el cadáver del primer legionario.

Las palabras de su compañero se ganaron un resoplido por parte del padre de Userhat, que forcejeaba violentamente con las correas de la armadura de Quintus.

- Al menos el barro permite que disimulemos las huellas; con un poco de esfuerzo dejarán esto sin señales de lucha. –Las presillas al parecer se le resistían; frustrado, golpeó la armadura haciendo que el cadáver se estremeciera- Malditos legionarios, tenían que estar de patrulla, tenían que seguirnos…

- Tranquilo, amigo mío. –Las manos del mercader egipcio trabajaban sobre el otro legionario con rapidez y destreza.- Es voluntad de Seth ponernos a prueba.

- Veo que tu fe ha crecido –respondió seco Didia, mientras continuaba con su labor. Sus palabras le granjearon una mirada penetrante de Sedjem.

- Así lo dice la sacerdotisa, Didia, y así lo creo.

- ¿Desde cuándo la voluntad de nuestros dioses se revela a sacerdotisas latinas? ¿Desde cuándo conocen y practican los antiguos ritos de Seth? –le replicó el ebanista, sin devolver la mirada a su compañero.

- El poder de los dioses no se limita a nuestra raza, aunque seamos sus predilectos, sus favoritos. –Respondió el padre de Merikara- Has visto sus prodigios. Ayer presenciaste el sacrificio a la cobra y hoy has visto sus efectos. ¿Cómo si no explicar esta noche, regalo del poderoso hermano de Osiris? –le preguntó, elevando la mirada a los cielos aún preñados de promesas de violencia.

El padre de Userhat guardó silencio durante unos momentos, habiendo logrado finalmente quitarle la parte superior de la armadura al cadáver del que fuera uno de sus clientes. Finalmente habló, soslayando la pregunta.

- No estoy en esto por Seth, Sedjem. Por mucho que respete al Señor de las Tormentas, siempre me he considerado hombre de Horus. Lo hago por Efraín, nada más. Contraje una deuda con él en Alejandría, lo sabes bien. –Terminando de atar las esquinas de la túnica de Adná, que serviría como improvisado hato que llevaría las armaduras de los legionarios, acudió junto a Sedjem para ayudarle a terminar su tarea y decidió dejar el tema a un lado- Será mejor que Efraín lleve las armaduras como buenamente pueda y que tú, yo y Manarés llevemos uno cada uno.

El padre de Merikara asintió sin añadir nada más, y al poco estaban preparados para marcharse. Transido de frío y con los músculos agarrotados, Userhat contemplaba a los familiares rostros, conmocionado por el tono casual de la conversación que apenas había tocado de pasada el hecho de haber asesinado dos personas. De nuevo se mencionaba Alejandría. Antes de que pudiera hacer reflexiones más profundas acerca de ello el judío restante apareció de nuevo en su campo de visión, llevando el cadáver de Adná al hombro, y habló en perfecto latín.

- Dejádmelos a mí. Vosotros ayudad a Efraín con las armaduras, no podrá con ellas.

- ¿Cómo dices? -preguntó Didia, claramente exasperado: era demasiado peso para una sola persona.

El semita suspiró, dejando caer despreocupadamente el cuerpo y haciendo caso omiso del sordo impacto.

- Escucha, egipcio. No tenemos tiempo que perder. Esta noche teníamos planes, ¿recuerdas? Para ello se convocó la tormenta. Las águilas no estarán para siempre en el nido, así que vamos a ello.

Y con estas palabras en la boca, el judío se inclinó y se echó los cadáveres de los dos romanos sobre el hombro derecho con un gruñido. Después tomó el cuerpo de Adná bajo la axila izquierda y se irguió. Sonrió entre complacido y burlón ante las expresiones estupefactas de los egipcios, y se acercó a Didia aparentando ser ajeno al enorme peso que cargaba sobre sus espaldas.

- Yo creo, egipcio, y participo en los ritos de la sacerdotisa. –Le espetó, haciendo especial hincapié en los verbos, para terminar añadiendo con desdén mientras se alejaba al parecer sin esfuerzo- Algún beneficio tenía que tener aunque no pertenezca a la raza favorita.

Ambos egipcios se contemplaron, con el asombro pintado en el rostro.

En su escondite, Userhat abría desmesuradamente los ojos. Ni siquiera él, que le sacaría cerca de dos cabezas al judío, podría cargar con los tres cuerpos de esa manera. Espió la partida de su padre y los demás, indeciso acerca de qué acción tomar. Una parte de él ardía en deseos de seguirles, pues la curiosidad podía con la prudencia. Pero por otro lado, algo le retenía: era la mirada fría de su padre, sus gestos y comentarios despreocupados a pesar de que tres hombres yacieran asesinados a meros metros de ellos.

Userhat no había conocido los combates a muerte ni los alaridos de agonía. Las nubes de cuervos que se alzaban sobre los cadáveres tras la batalla no habían oscurecido nunca su sol. La sangre derramada que hubiera visto alguna vez venía de una nariz rota, o un labio partido de un puñetazo, no de puñaladas en las tripas ni de gargantas degolladas. Habían sido diecisiete veranos de paz los que habían visto sus ojos, un lujo que, él lo sabía bien, no habían podido permitirse muchos otros. Las historias que contaban los legionarios en la taberna sobre enemigos mutilados, hombres y mujeres crucificados y el sabor del polvo y la sangre en la boca tras el combate no eran más que eso, historias. Las noticias sobre el exterminio de la XXII Deiotariana, palabras abstractas sin repercusión en la vida real. Los rumores sobre el exterminio semita que los romanos estaban llevando en la lejana Judea, simples comentarios sin mayor trascendencia que un asentimiento distraído mientras terminaba de pulir otra tabla, o terminaba de ensamblar las patas de otro taburete más.

Era la primera vez que veía morir a alguien ante sus ojos.

Y su padre había sido uno de los asesinos. Así pues permaneció completamente inmóvil, mientras las luces de las antorchas se distanciaban y finalmente desaparecían en dirección al río.

El cuerpo de Merikara se estremeció conforme la tensión, el miedo y el horror finalmente se transformaban en silenciosas lágrimas, que se fundieron con el llanto que los propios cielos comenzaban a derramar suavemente sobre los dos amantes abrazados entre el barro y los papiros.