Preludio

Publicado en Apollonos Superioris, Didia, Mundo de Tinieblas, Seker Tenem, Userhat, Vampiro: El Réquiem, WoD el 02/02/2010 por phersus

Recuperó la conciencia con un terrible dolor de cabeza. Intentó girarla, pero un dolor punzante e intenso en el cuello le obligó a mantener la cabeza rígida a la par que profería un quedo gemido.

- No te muevas, tienes un fuerte tirón en el cuello. –Le advirtió la voz de su padre.

Sonaba ronca, cansada, débil. Llevándose la mano al cuello, Userhat volvió a gruñir. Por los dientes de Seth, dolía horrores. Sin poder girarse, escuchó los pasos de su padre acercándose, y luego sintió sus manos en el cuello, hurgando en la base de su cráneo. Sus movimientos enviaban pinchazos de intensísimo dolor por su cuello, y el joven egipcio tuvo que mantener bien prietas los músculos de las mandíbulas para evitar gritar.

- ¿Qué… –Un estremecimiento particularmente intenso le hizo jadear- qué fue eso, maldita sea? ¿Quién es ese? –Preguntó, fingiendo que no sabía qué estaba pasando. Quería saber qué le contaría su padre, y hasta dónde. No podía fiarse de él todo lo que le gustaría. Ya no.

- La pregunta es qué crees saber tú de él. –Replicó su padre, y lo que podían implicar sus palabras le dejó mudo.

- ¿A qué te refieres? -Tanteó, cauteloso. Didia no respondió, así que tras un silencio corto e incómodo tuvo que continuar- ¿Yo? Es la primera vez que le veo. –Mintió descaradamente, sentándose con lentitud en el suelo y haciendo frente a su padre con actitud resuelta.

Didia suspiró, y asintió lentamente.

- Así que a esto hemos llegado. –El artesano suspiró una vez más, antes de volver a llevar las manos al cuello de Userhat para continuar el masaje.- Así que es la primera vez que le habías visto. Curiosa coincidencia, porque también es la primera vez que te escondes en el almacén para espiar una conversación. –Dejó escapar otro suspiro, que fue seguido por un siseo de dolor de su hijo. Los dedos del padre estaban presionando con firmeza en la base de la apófisis mastoides, detrás de la oreja, y aquello dolía. Vaya si dolía.- Te está bien empleado, por mentir.

Indignado, Userhat apartó las manos de Didia de un papirotazo, para arrepentirse inmediatamente tras un nuevo envite del dolor. No obstante su malestar, se irguió lleno de rabia, y encaró a su padre cerniéndose sobre él con la ventaja que le daba su altura, más de una cabeza por encima de la suya.

- Mentir, un cuerno; tú te merecerías entonces estar lisiado. –Las palabras sonaban infantiles incluso a sus oídos, y decidió cambiar de estrategia- ¿Te atreves tú a darme lecciones de sinceridad? ¿Cuánto tiempo llevas mintiéndome, mintiéndonos a todos? –Señaló con gesto rabioso el moretón de su labio, reprimiendo un nuevo gemido dolorido. Los movimientos bruscos no le sentaban bien a su cuello- ¿Qué te pasó ahí, padre? ¿Te caíste de la cama, no? Ya. De boca.

Una bofetada, asestada de forma disciplente, casi a desgana, le cerró la boca y envió un nuevo estremecimiento de dolor por su cuello.

- Guarda un respeto a tus mayores.
–Le espetó su padre al tiempo que se daba la vuelta y ponía en pie uno de los taburetes volcados. El joven coloso apretó rabiosamente la mandíbula, conteniendo a duras penas un estallido de cólera.

- Padre, estoy más que harto de…

La mirada de su padre le interrumpió de nuevo. Parecía ausente. Le enfocaba, pero sus ojos se habían extraviado en el rostro de su hijo, quizás recordando algo no muy agradable, por la expresión de su rostro. Userhat podía adivinar de qué se trataba. La noche que acababa de pasar su padre distaba de ser un bello recuerdo. ¿Quizás el fantasma de Quintus había alargado sus zarpas lo suficiente desde el Hades romano como para alcanzar el ka de su padre? El joven egipcio no podía hacerse a la idea de lo que era acabar con la vida de otra persona. Devoradores de sombras, era la expresión ancestral egipcia que designaba a los asesinos, y tenía dos sentidos: así como extraían su sustento de la oscuridad, también ellos se convertían en tinieblas, condenándose. Sus corazones asesinos no lograban pasar la prueba de la balanza del dios chacal, y eran arrojados a las fauces del terrible Amemet, el monstruo que esperaba ansioso el veredicto.

Por mucho que lo intentaba, no conseguía descubrir gestos de tan evidente maldad en su padre. Pero quizás por ello fuera la máscara perfecta para encubrir al asesino, la virtud como máscara de la perversión. ¿Podía existir mejor disfraz? Sus ojos siguieron escudriñando su rostro, sin poder descartar la desconfianza… el amor filial, empero, resultó ser finalmente más fuerte que los recelos y el resentimiento. Abandonando todo disimulo, avanzó para tomarle de los brazos.

- Tienes que decirme qué significa todo esto, padre. ¿No lo ves? Mamá, Akhesa, Uabet. Todas están en peligro. ¡Y Merikara! –gimió angustiado, con el corazón en los ojos.

- ¿Merikara? ¿Qué tiene que ver con esto la hija de Sedj…? –La comprensión se abrió paso en el rostro de Didia al mismo tiempo que Userhat se daba cuenta de su traspiés. -Por los dioses. ¿Erais vosotros los que habíais estado en la cabaña antes de nuestra llegada? Creímos que la lámpara era de los legionarios que… que… así que fue allí donde…

El maestro artesano se interrumpió, y su mirada buscó la de Userhat.

- ¿Y qué demonios hacíais vosotros…? -La inquisitiva mirada de su padre dio paso una vez más al conocimiento, y parpadeando, se interrumpió y carraspeó- Hum. En fin.

Ahora era el turno de Userhat de guardar silencio, y así lo hizo, hasta que la situación comenzó a volverse realmente incómoda. Finalmente, su padre suspiró muy suavemente, y se echó hacia atrás.

- ¿Y qué visteis? O mejor dicho, ¿qué creísteis ver?

El joven coloso contempló a su padre en silencio, como si no pudiera reconocerle. Le recordaba bajo la luz danzante de las antorchas, con la sangre manándole de los labios. Le recordaba sonriéndole, mientras guiaba su mano con la lija por enésima vez sobre el nudo de la madera, enseñándole la mejor manera de pulirla y adaptarse al espíritu de cada madera, sorteando sus trampas y adaptándose a los caprichos de cada veta. Le recordaba envolviendo el cadáver de aquel judío muerto. Le recordaba bromeando con Quintus hacía cuatro días sobre los usos que el legionario estaba dándole al lecho que Didia le había construido. Le recordaba quitándole al cadáver del legionario la armadura ensangrentada y embarrada.

- ¿Vas a intentar negarlo?

De nuevo, el silencio se descendió sobre ellos. De nuevo fue roto por un suspiro cansado de Didia.

- Ya veo.
–Otra pausa, ésta más corta- No, no voy a negarlo.

Gradualmente, un peso inmenso pareció irse depositando sobre los fornidos hombros del carpintero. Algo en su rostro se quebró, dejando emerger las arrugas de tensión, cansancio, temor. Durante un instante, Didia, el corpulento hombretón de atronadoras carcajadas y afable trato, el padre atento pero severo, el reputado maestro carpintero, mostró el rostro de un anciano doblado por los años y los remordimientos. Parecía haber envejecido años en el lapso de unos segundos. O quizás fuera un truco de la luz.

Durante un instante.

Después, su padre apretó las mandíbulas y endureció la mirada, y pareció sacar reservas de fuerza ocultas en su interior para sacudirse el agotamiento y el temor. Por un instante Userhat albergó la esperanza irracional de que le iba a decir que no debía preocuparse más, que todo había sido un estúpido malentendido. Que su mundo no iba a cambiar.

Pero después abrió la boca.

Y su mundo cambió.